Centro olvidado
Plazas desbordadas: Jorge Macri administra un presupuesto que no aparece por ningún lado
Basura, plagas y personas durmiendo en el piso exponen el contraste brutal entre los recursos asignados y la realidad del espacio público en pleno corazón porteño.
13 de Abril de 2026
Viernes, 20:30. No hace falta irse al conurbano profundo ni buscar una postal extrema para encontrar abandono: alcanza con pisar la Plaza Miserere, uno de los puntos más transitados de la Ciudad de Buenos Aires. Tachos desbordados, basura acumulada, cucarachas y personas durmiendo en el suelo arman un cuadro que desmiente cualquier discurso prolijo sobre gestión urbana.
El Infierno de la Miserere: Cuando el Presupuesto Millonario no llega al Corazón de Buenos Aires
— ?????? ?????? ????? (@gloriallopiz) April 11, 2026
Este es el estado de la Plaza Miserere, en el corazón de la Ciudad de Buenos Aires, un viernes a las 20:30. Basura, cucarachas, personas durmiendo en el piso, tachos desbordados.… pic.twitter.com/9q7MLnfn5z
La escena no es nueva, pero sí cada vez más difícil de disimular. Porque mientras desde el despacho de Jorge Macri se habla de orden, mantenimiento y eficiencia, la realidad en la Comuna 3 muestra otra cosa: el presupuesto existe, pero no se traduce en resultados visibles. Y cuando el problema está a la vista de todos, a metros de una de las estaciones más importantes del transporte público, la excusa empieza a sonar más a relato que a gestión.
El contraste es tan evidente que hasta genera una ironía incómoda: la Ciudad que se vende como modelo termina exhibiendo escenas que históricamente le adjudicó a otros distritos. Como si el marketing urbano funcionara mejor que las cuadrillas de limpieza.
Pero el problema no es solo estético. Lo que ocurre en Miserere habla de algo más profundo: falta de control, ausencia de mantenimiento sostenido y una desconexión entre el presupuesto asignado y su ejecución real. Porque si el dinero está, pero la basura también, alguien en el medio no está haciendo su trabajo.
Y mientras tanto, el corazón de Buenos Aires late en condiciones que no resisten ningún filtro: ni el del discurso oficial ni el de cualquier vecino que pase por ahí.
