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Viernes 28 de Agosto de 2026

¡Despidan a La Plata que se va!

Alak queda bajo la lupa por los robos alrededor de la megatoma de Los Hornos mientras los vecinos refuerzan sus casas

Mientras el intendente promete seguridad desde el escritorio, las entraderas y los robos se multiplican a la sombra del predio ocupado que su gestión no puede domar.

27 de Agosto de 2026

Era cuestión de tiempo nomás. La megatoma de Los Hornos ya no es solo un problema de tierra o de relato progresista para adornar campañas; es una usina de delitos que Julio Alak parece mirar de reojo mientras los vecinos se atrincheran detrás de cámaras de seguridad y alambres electrificados. Porque el intendente tiene muchas ocurrencias para inaugurar una plazoleta o cambiar el nombre de una calle, pero cuando se trata de ponerle el pecho a la inseguridad real, el único que aparece es el miedo.

Los vecinos de La Escondida, La Nativa y Latitud 34 no necesitan encuestas para saber que algo huele mal. Ellos viven la película todas las noches: robos, entraderas, tipos saltando tapiales, matrimonios golpeados dentro de su propia casa como si el living fuera un ring de boxeo. El caso de Latitud 34 es de antología negra: un matrimonio tomado como rehén, el hombre con la cara hinchada a trompadas y la pareja finalmente mudándose con lo puesto. ¿Respuesta de Alak? Silencio administrativo, algún comunicado genérico y dos patrulleros que pasan cada tanto, como para que no digan que no hace nada.

La gestión municipal tiene un talento especial para transformar los problemas estructurales en anécdotas de oficina. Mientras los vecinos se organizan como pueden para controlar la madrugada con linternas y teléfonos cargados, el intendente sigue apostando al mismo libreto: promesas de seguridad que nunca llegan, refuerzos que son como curitas en una hemorragia, y una ausencia territorial que ya se siente hasta en el asfalto. Porque si la megatoma es un monstruo de varias cabezas, Alak parece el domador que entró al ruedo sin látigo.

El predio ocupado ya no es solo un símbolo de la crisis habitacional; es el espejo donde la gestión mira y prefiere no verse. Cada intento de robo, cada alambrado roto, cada familia que refuerza sus cerraduras es un voto de desconfianza contra un municipio que promete pero no custodia. Y la pregunta que queda flotando en el aire platense es si Alak está esperando que la situación se vuelva tan insostenible que la Provincia o la Nación tengan que venir a sacarle las papas del fuego, o si realmente cree que los vecinos pueden seguir bancando el circo a pura voluntad vecinal.

Mientras tanto, en los barrios linderos la paciencia se agota más rápido que los recursos propios. Los relatos de inseguridad se repiten como un disco rayado, pero la única novedad que trae la Municipalidad son más excusas. Alak parece haberle delegado la seguridad a los propios vecinos, una suerte de privatización tácita de la protección que ni siquiera tiene el descaro de llamarse plan piloto. Los hornenses, entre la bronca y el cansancio, ya no piden milagros: piden presencia, controles, algo que no sea un folleto.

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