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Miércoles 15 de Julio de 2026

Arroyo tapado, promesas mojadas

Alak drena plata en autopistas mientras los vecinos de City Bell ya miran el techo por si viene el agua

El intendente platense aplaude obras viales que tapan los arroyos como quien esconde la mugre bajo la alfombra y después reza para que no llueva.

14 de Julio de 2026

La escena es tan platense como el fondo de una cafetería de diagonal 80. Mientras Julio Alak se saca fotos con cascos amarillos y palas simbólicas para anunciar la modernización de la bajada de la Autopista La Plata-Buenos Aires, los vecinos de City Bell ya están midiendo la altura de los zócalos con la angustia de quien sabe que el agua no avisa y el Estado, cuando avisa, llega tarde o mal hecha.

El intendente, ese gestor de sonrisas de plástico y discursos de hormigón, parece no haber cruzado los datos de su propia gestión. Por un lado, la Dirección Provincial de Hidráulica gastó seis meses y dinero de todos en dragar y ensanchar los arroyos Carnaval y Martín para que el agua deje de ser un problema. Por el otro, las contratistas de AUBASA, esa empresa estatal que maneja las rutas como si fueran quintas propias, decidieron tapar esos mismos cauces con el entusiasmo de quien está más preocupado por la fluidez de los autos que por la vida de los vecinos.

No es negligencia, es una coreografía perfecta. La mano derecha del Estado excava para salvar casas mientras la mano izquierda entierra esa misma obra bajo toneladas de asfalto y hormigón. Y Alak, con su bastón de mando metafórico, dirige la orquesta sin perder el compás, aunque la música suene a agua corriendo por los pasillos.

Los vecinos de Villa Bell, Pasteleros y las urbanizaciones linderas ya no hablan de política, hablan de física. Saben que cuando el cielo se ponga gris y el viento sople del sudeste, esos arroyos tapados van a convertirse en un embudo de cuatro metros de altura que va a devolverles el fantasma del 2008 y el espanto del 2013. Esa noche de abril que La Plata no olvida y que Alak parece haber archivado en la misma carpeta donde guarda las promesas incumplidas.

El grupo de vecinos autoconvocados ya no espera respuestas, espera un milagro. Y como los milagros no pagan impuestos, preparan cortes de arterias y de vías del Roca, porque saben que el único lenguaje que entiende el poder es el de la molestia pública. La estrategia es clara: si el Estado no escucha el reclamo, que escuche el ruido de las ruedas frenando y los trenes detenidos.

Lo más grotesco del asunto es que las contratistas, con la bendición del gobierno provincial y la mirada distraída de Alak, no solo taparon los arroyos, sino que crearon una caja de resonancia acústica. Los vecinos explican con paciencia didáctica que el ruido de los motores va a rebotar en los valles de los arroyos como si fueran un estadio vacío, vulnerando la Norma IRAM 4062 y convirtiendo el barrio en una autopista sonora. El derecho al descanso, ese lujo menor que el poder siempre negocia por una obra pública, queda reducido a un papel mojado.

Mientras tanto, José Ramón Arteaga, presidente de AUBASA, recibe a los vecinos con amabilidad de funcionario que sabe que el tiempo juega a su favor. Los escucha, los comprende, los despide con un apretón de manos y las obras siguen avanzando porque el hormigón no espera y los plazos electorales tampoco. Alak, desde su escritorio, debe estar calculando cuántas bolsas de arena va a necesitar repartir cuando el agua finalmente se desborde y la culpa, como siempre, recaiga en la lluvia y no en los que taparon los desagües.

La pregunta que ronda los barrios es tan simple como hiriente: ¿por qué gastar plata en dragar arroyos para después taparlos con una autopista? La respuesta, para los que conocen la danza del poder, es obvia: porque las obras viales se ven, se inauguran con bombos y platillos y dejan una foto para el recuerdo. Las obras hidráulicas, en cambio, son invisibles, aburridas y no sirven para cortar cintas en campaña. Alak eligió la foto y los vecinos eligieron preparar los abogados.

El andamiaje jurídico ya está armado. Acciones civiles, penales y administrativas contra la Provincia y AUBASA esperan su momento. Los vecinos no quieren juicios, quieren vivir sin miedo. Pero en Argentina, y especialmente en La Plata, el miedo a las inundaciones es tan estructural como la corrupción que las provoca. Alak lo sabe, porque lleva décadas en la política y ha visto demasiadas aguas bajar para hacerse el distraído.

El intendente tiene el teléfono y el discurso, pero los vecinos tienen la memoria y la paciencia de quien ya perdió todo una vez. Cuando el agua vuelva a subir, y va a subir, el único salvavidas que les va a quedar va a ser el reclamo. Y Alak, con su traje impecable, va a mirar las noticias y va a decir que él hizo todo lo posible, aunque los arroyos sigan tapados y las casas, también.

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