Represión en el Obelisco
De la mano de Macri, la policía de CABA ahora también festeja con escopetas, como en la mejor época de la dictadura
Un adolescente casi pierde la vista por una bala de goma, y el Jefe de Gobierno porteño demuestra que su única visión clara es la de su propio sillón.
14 de Julio de 2026
No perdió la visión el chico, pero Jorge Macri sí parece haber extraviado por completo la brújula moral. Lo que arrancó como un festejo popular terminó siendo el enésimo capítulo de una policía que dispara primero y pregunta después, mientras el primo del ex Presidente mira para otro lado.
? CASI PIERDE UN OJO
— El Prensero (@El_Prensero) July 14, 2026
Represión de la Policía de la Ciudad durante los festejos de la Selección en el Obelisco.
“Cualquier chico que salga a la calle puede terminar siendo víctima de la represión”, denunció Nicolás Finoli, padre del joven que recibió un balazo de goma.…
El sábado pasado, mientras miles de argentinos celebraban el triunfo de la Selección, el operativo policial en el Obelisco se convirtió en una cacería. Balas de goma, gases lacrimógenos y camiones hidrantes fueron la respuesta del gobierno porteño ante la alegría popular, porque en la Ciudad de Buenos Aires, al parecer, festejar es un delito si no tenés el carnet del PRO.
El adolescente de 17 años, alumno del Colegio Nacional Buenos Aires, recibió un disparo en el ojo derecho cuando apenas caminaba con sus amigos. La bala de goma impactó a un centímetro de su globo ocular, una diferencia milimétrica que separó la tragedia de una cicatriz de por vida. Pero para la gestión de Jorge Macri, ese milímetro parece ser el margen de tolerancia suficiente para seguir con la misma receta represiva.
Mientras el chico sangraba en un kiosco y sus amigos buscaban desesperadamente ayuda médica entre la confusión, el Jefe de Gobierno seguramente dormía plácidamente en su cama, confiado en que la policía había actuado con "proporcionalidad". Esa palabra mágica que usan los funcionarios para justificar lo injustificable, como si disparar a menores en la cara fuera un acto de legítima defensa ante el peligro letal de una bandera argentina.
El propio padre del adolescente, Nicolás Finoli, tuvo que salir a publicar una carta abierta porque la justicia, como siempre, se mueve a paso de tortuga cuando los poderosos están involucrados. Un gesto que debería ser innecesario pero que se ha vuelto moneda corriente en un país donde las víctimas tienen que contar su historia en los medios porque el Estado no les garantiza ni siquiera una investigación seria.
El Centro de Estudiantes del Nacional Buenos Aires lo dijo sin vueltas: no es un hecho aislado. Es la cara visible de un modelo de seguridad que criminaliza la alegría popular y que no duda en cargar contra estudiantes, jubilados y cualquier persona que ose ocupar el espacio público sin permiso de la Alianza. Porque claro, la libertad de reunión es un derecho constitucional, pero cuando hay elecciones cerca, parece que el manual de “orden público” se escribe con cartuchos de goma.
Jorge Macri, que llegó al cargo cargando el peso de un apellido que en la política argentina es sinónimo de privilegio, ahora debe responder por las acciones de una policía que depende directamente de él. Pero si la historia nos enseña algo, es que los Macri siempre encuentran un chivo expiatorio o un juez amigo cuando las papas queman. La pregunta que queda flotando es cuántos adolescentes más tendrán que perder un ojo, literal o metafóricamente, para que el PRO entienda que la seguridad no es un campo de batalla contra su propio pueblo.
El chico se recupera con cremas y dolor, pero su padre dejó una frase que debería grabarse en la entrada de la Jefatura de Gobierno: "Vivir en esta ciudad se está volviendo peligrosamente impredecible; pareciera que el simple hecho de salir a festejar hoy nos convierte en blancos de la policía". Traducción para Macri y su tropa: mientras ustedes se preocupan por las cámaras y la imagen, los pibes siguen recibiendo tiros en la cara en sus propias calles.
