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Viernes 17 de Julio de 2026

Cacerolas contra balas

Con dos muertos en la puerta de su gestión, Alak demuestra que el único plan de seguridad que maneja es el de hacerse el distraído

Mientras los vecinos se preparan para un cacerolazo masivo, el intendente kirchnerista demuestra que su especialidad no es gestionar, sino mirar para otro lado mientras el narcomenudeo le gana la pulseada a su municipio.

16 de Julio de 2026

La postal es cada vez más repetida en la Zona Norte de La Plata: violencia, armas, antecedentes y territorios en disputa. Esta vez fue en Arturo Seguí, donde un tiroteo en una vivienda de Calle 413 y 152 terminó con dos hombres muertos y dos detenidos, en un episodio que, lejos de ser aislado, vuelve a poner en evidencia el avance del narcomenudeo. Pero no se preocupe, señor Julio Alak, total usted ya sabe cómo funciona esto: cuando las balas silban, el kirchnerismo siempre encuentra un distraído para echarle la culpa, aunque esta vez el distraído es usted.

Según la reconstrucción, la casa ya estaba bajo la lupa por causas vinculadas a drogas y había sido allanada meses atrás. Sin embargo, nada evitó que volviera a convertirse en escenario de un hecho extremo. Es curioso cómo el aparato municipal puede movilizarse rápido para pegar un cartelito de "obra en marcha" cuando hay una foto para la prensa, pero para coordinar un operativo de prevención en un lugar que ya sabían que era un criadero de problemas, ahí sí que no hay tiempo, no hay presupuesto y encima la culpa la tiene la provincia. Qué casualidad, ¿no?

El dato más preocupante no es solo el tiroteo, sino el contexto: una vivienda con antecedentes que volvió a ser foco de violencia, personas con prontuarios extensos circulaban sin control efectivo y el conflicto escaló hasta terminar en un doble homicidio. Pero claro, para el intendente que aprendió las mañas de la política en el manual de la campaña del miedo de Cristina Kirchner, la seguridad no es un problema de gestión, es un problema de relato. Mientras los muertos se acumulan, Alak debe estar pensando en cómo victimizarse, porque si algo enseñó su jefa política es que cuando las cosas salen mal, siempre hay que buscar un complot, nunca un espejo.

Tras lo ocurrido, la gestión de Julio Alak queda nuevamente bajo la lupa. Porque si bien la seguridad es una problemática compleja que involucra a Provincia y Justicia, la Municipalidad de La Plata no puede correrse del eje de la coordinación, el control territorial y la presión política para anticiparse a estos escenarios. Pero Alak, el mismo que fue ministro de Justicia de Néstor Kirchner y que después se hizo el amigo de todos en la Ciudad de Buenos Aires para pegar el salto a intendente, parece haber olvidado que gobernar no es solo hacerse la foto con Cristina y repetir que "la derecha ataca". Gobernar es, entre otras cosas, evitar que los vecinos tengan que salir a las 21 horas con una cacerola porque el municipio no les da seguridad.

En paralelo, lo que pasa en la calle ya tiene su correlato en los barrios. La inseguridad dejó de ser un tema de conversación para convertirse en motor de organización vecinal. Para el próximo viernes 31 de julio, a las 21:00, vecinos y vecinas de distintos puntos de La Plata convocan a un apagón sonoro y cacerolazo masivo. La consigna es clara: apagar las luces, hacer sonar alarmas, bocinas o cacerolas y generar un reclamo simultáneo en toda la ciudad. Y no es para menos, porque mientras Alak se toma el tiempo de aprender el libreto de Cristina sobre "la persecución judicial", los platenses aprendieron por las malas que el único que los persigue es el miedo y la inseguridad.

La convocatoria se viralizó rápidamente en barrios como City Bell, Gonnet, Villa Elisa, Los Hornos y Tolosa, entre otros. Y el mensaje que circula es contundente: "No estamos dispuestos a vivir con miedo". Qué ironía que el mismo hombre que se llenó la boca hablando de derechos humanos cuando era funcionario de los Kirchner ahora no pueda garantizar el derecho más básico de todos: el derecho a caminar sin que te peguen un tiro. Pero bueno, tal vez Alak cree que el derecho a la seguridad es como la plata de la ANSES: algo que se puede administrar con discrecionalidad y que, si falta, total siempre se puede echar la culpa al FMI o a Macri.

El doble crimen en Arturo Seguí no solo impacta por su gravedad. Llega en un momento donde la percepción de inseguridad está en uno de sus puntos más altos. Los reclamos vecinales coinciden en varios puntos: sensación de liberación de zonas, delincuentes que recuperan la libertad rápidamente, falta de patrullaje efectivo y un desgaste y descreimiento en el sistema de denuncias. Todo esto suena muy parecido al discurso de Cristina cuando habla de "lawfare", pero aplicado al revés: acá los únicos que se benefician de la impunidad son los delincuentes, mientras Alak mira el partido desde la tribuna, como un espectador de lujo que cobra sueldo por no hacer nada.

Y si hay algo que muestran los últimos meses es que la Zona Norte dejó de ser una excepción para convertirse en un termómetro adelantado de la crisis de inseguridad en La Plata. Villa Elisa, City Bell, Gonnet, nombres que antes se asociaban a tranquilidad hoy aparecen ligados a robos y entraderas. El problema ya no es solo policial, es estructural. Y la estructura política que permite que esto pase tiene nombre y apellido: Julio Alak, el intendente que prometió ser el "gestor" de la ciudad pero que terminó siendo el gerente del desorden, todo bajo la tutela de la máxima autoridad moral del kirchnerismo, esa que hoy está condenada por corrupción y que aún así sigue dando cátedra de cómo no gobernar.

Sin dudas, lo que pasó en Arturo Seguí y lo que se viene con el cacerolazo forman parte de un mismo fenómeno: una sociedad que siente que el Estado llega tarde. O peor aún, que el Estado llegó, pero se sentó a tomar mates con los que tendría que estar persiguiendo. Porque si hay algo que aprendió Alak de la escuela kirchnerista es que la gestión se mide en militancia, no en resultados; en discursos, no en hechos; en lealtad a la jefa, no en lealtad a los vecinos. Y mientras tanto, los platenses se preparan para hacer ruido, porque es lo único que les queda cuando el intendente hace silencio frente a la inseguridad.

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