Como si el Riachuelo fuera una frontera
Jorge Macri le corta el bondi a los del sur mientras se hace el gestor en Puerto Madero
Ni junta comunal ni vecinos: la motosierra porteña afila su filo contra el bolsillo y el tiempo de los que viven al otro lado de la General Paz.
15 de Julio de 2026
El ajuste tiene nombre y apellido en la Ciudad de Buenos Aires, y no es el que repite frases en cadena nacional. Esta vez, la víctima es la línea de colectivo que unía el corazón de Parque Avellaneda Sur y el Barrio Cildañez con la posibilidad de llegar a tiempo al trabajo. Jorge Macri decidió, sin aviso y sin sudor propio, que esos vecinos pueden caminar unas cuadras más, o tal vez unas veinte, porque en su mapa de ciudad los barrios del sur son manchas que conviene reducir.
Reducen el recorrido de una línea de colectivo, que ahora dejará de llegar a Parque Avellaneda Sur y Barrio Cildañez, y ni se les ocurre consultar a los miles de vecinos y vecinas que la usan todos los días para ir a laburar.
— Delfina Velázquez (@delfivelazquez) July 13, 2026
Otra vez, el ajuste de Jorge Macri a los barrios del… pic.twitter.com/4RFIYqTCfz
Nadie preguntó. No hubo encuesta, ni reunión vecinal, ni siquiera ese simulacro de participación que suele adornar las decisiones incómodas. La mayoría de la Junta Comunal 9, ese cuerpo que según la ley debería ser consultado antes de tocar el transporte público, se enteró por los diarios como el resto de los mortales. Y como era previsible, rechazaron la medida con el mismo ímpetu que un empleado de Metrovías escucha un reclamo por demoras: con gesto de fastidio y promesas al aire.
La Legislatura porteña ya tiene sobre la mesa proyectos para frenar este despropósito, aunque uno sabe que en la ciudad de los autos blindados y las veredas diseñadas para el selfie, el sur siempre paga el pato. El PRO, esa máquina de hacer negocios con el asfalto, vuelve a demostrar que su concepto de federalismo termina en la General Paz y que el sur es solo un territorio de paso para las ambiciones electorales de Macri, que mientras tanto posa de estadista en eventos de cámaras empresariales.
Cristina lo dijo con crudeza y la frase se instaló como un puñete: le desordenan la vida a la gente. Pero en este caso, el desorden es coreográfico, milimétrico, calculado. No es un error, es una decisión política que empuja a los trabajadores a sumar horas de viaje, a despertarse más temprano para llegar igual de tarde, a resignar el poco tiempo libre que les queda después de la jornada. El ajuste no duele en Palermo ni en Recoleta, duele en Villa Lugano, en el Bajo Flores, en esos barrios donde el colectivo no es un lujo sino una prolongación de la pierna.
Mientras Macri se llena la boca con la modernización de la Ciudad, el sistema de transporte público sigue siendo un rompecabezas donde las piezas del sur siempre sobran. Recortar una línea no es administrar, es condenar. Y la excusa del déficit operativo suena tan falsa como un billete de quinientos cuando la ve el dueño del boliche. La plata parece sobrar para los costosos estudios de imagen del Jefe de Gobierno, pero falta cuando se trata de mantener conectados a los que sostienen con sus impuestos el brillo de la city.
