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Martes 23 de Junio de 2026

Cruces libertarios

¿De qué sirve una diputada que solo sabe escupir y ser escupida?

El artículo cuestiona el recorrido político de Lilia Lemoine, su desempeño como legisladora y sus constantes enfrentamientos con Victoria Villarruel dentro de La Libertad Avanza.

23 de Junio de 2026

Por Fernando López Duhour

Lilia Lemoine es, antes que nada, un producto. Un producto bien armado, bien marketinado, que encontró en Javier Milei la plataforma de lanzamiento perfecta. Porque no nos engañemos: sin el apellido del presidente, ¿alguien sabría quién es "Lady Lemon"? ¿Alguien le prestaría atención a una cosplayer que un día decidió que maquillar políticos era su pasión?

La historia es siempre la misma. Milei pasa y las mujeres que pasan por su vida terminan siendo algo más que ex parejas. ¿Casualidad? No. La política argentina está llena de medallitas que se cuelgan del cuello del poder. Y Lemoine, hábil como pocas, supo coser su traje de diputada con los hilos que le dejó el presidente. Ocurrió con otras, ocurre con ella: todas parecen triunfar después de estar con él. ¿Será porque utilizaron o abusaron de esa confianza para dar el salto a la fama sectorial? ¿O será porque las adornaron con dádivas para crecer en el juego político y en el protagonismo actoral? Quién sabe. Pero el patrón está ahí, inoxidable.

Pero el problema no es de dónde viene. El problema es qué hace con lo que tiene.

Porque ser diputada nacional, en teoría, implica legislar. Implica sentarse, estudiar, proponer. ¿Y qué vemos? Proyectos inconexos, firmados al tuntún, como si le acercaran papeles y ella estampara la rúbrica sin preguntar. No hay línea, no hay pensamiento propio. Es una escribana de iniciativas ajenas, una cara bonita que pone el cuerpo mientras otros aportan las ideas.

Y después está lo otro. Lo que realmente la define.

El sábado 20 de junio, en Rosario, una mujer la escupió en la cara. Y Lemoine respondió con un cachetazo. La escena es violenta, sí. Pero también es perfecta: una diputada nacional, cara a cara con una ciudadana, devolviendo agravio con agravio, escupitajo con bofetada. Como si la política fuera una pelea de barrio. Como si el debate público se resolviera a las piñas. Esa transeúnte, tan disruptiva como ella, le devolvió su propio espejo. Y a Lemoine no le gustó. Porque ella puede escupir todos los días desde su cuenta de X, pero cuando le responden en la calle, se ofende y se transforma en víctima.

Porque esa es la verdad: Lemoine no dialoga, escupe. No construye, destruye. Y cuando no la escuchan, se queja. Cuando la critican, se hace la perseguida. Cuando la enfrentan, responde con violencia. Es un reflejo de aquello que cuestiona: una mujer que llegó al Congreso por arrastre, que no trabajó una banca, que no construyó una carrera, que no tiene votos propios y que ahora se siente con derecho a pedirle a la vicepresidente que se calle durante cuatro años.

Ahí es donde los números duelen y explican todo.

Porque Lilia Lemoine se presentó por primera vez como candidata a diputada nacional en 2019, por la Ciudad de Buenos Aires, dentro del espacio de José Luis Espert. Su cosecha fue paupérrima: apenas el 1,82 por ciento de los votos. No resultó electa, obviamente. Fue un papelón que la dejó en la más absoluta intrascendencia electoral.

Del otro lado, Victoria Villarruel dio el salto al Congreso en las legislativas de 2021, como compañera de fórmula de Javier Milei en la lista de La Libertad Avanza. Ella no llegó arrastrada por la ola de nadie: fue electa diputada nacional con un contundente 17 por ciento de los votos. Un piso electoral propio que la consolidó como una figura con espalda y respaldo genuino.

Y la frutilla del postre: recién en 2023, Lemoine logró ingresar al Congreso. Pero ojo, no por mérito propio: fue en el octavo lugar de una lista que metió 17 diputados, arrastrada por el tsunami electoral de Milei. Su porcentaje fue del 25,44 por ciento, sí, pero cosido a la fuerza de la boleta y no a su nombre.

La comparación es brutal y define todo. Lemoine, en 2019, obtuvo el 1,82 por ciento, un fracaso absoluto. Villarruel, en 2021, alcanzó el 17 por ciento en una elección con peso propio. Lemoine, en 2023, llegó con el 25,44 por ciento, pero ocupando el octavo puesto de una lista sábana. Ahí está el dato más doloroso para Lilia. Villarruel llegó sola y con votos. Lemoine llegó de carambola, pegada al camión de Milei. Por eso cada ataque de Lemoine a la vicepresidente suena a envidia mal disimulada: es la bronca de quien sabe que su banca no la ganó, la heredó.

¿Quién se cree que es, entonces, para pedirle a la vicepresidente que se calle durante cuatro años? ¿La dueña de la lealtad? ¿La jueza del alineamiento?

La vicepresidente Victoria Villarruel, con todos sus defectos, tiene una carrera, tiene espalda y tiene votos propios desde 2021. Lemoine tiene un disfraz de Lady Lemon y un teléfono con redes sociales. Y, sin embargo, se permite cuestionar, señalar y escupir desde su pedestal de cartón. Esa fijación verbal contra la vicepresidente resulta inentendible para cualquiera que observe el tablero completo, porque pertenecen al mismo espacio. Pero para ella parece ser el único papel que sabe interpretar: el de la despechada que muerde la mano del otro lado de la mesa.

Hay algo patético en todo esto. Una mujer que construyó su fama en el cosplay, que utilizó su relación con Milei como trampolín, que llegó a diputada en el octavo lugar de una lista sábana y que ahora se cree con autoridad moral para dar lecciones. Es la política del disfraz: te ponés el traje de legisladora, te sacás una foto y ya está. El resto es ruido.

Y el ruido, en este caso, es todo lo que tiene.

Porque cuando miramos sus proyectos, vemos un collage. Cuando observamos sus declaraciones, encontramos rencor. Cuando analizamos su desempeño, aparece el vacío. Lemoine no es una diputada, es una performance. Una performance que se alimenta del escándalo, del cruce y de la interna. Una puesta en escena que necesita del otro para existir, porque sola no es nada.

Quizás por eso se aferra tanto a Milei. Quizás por eso ataca con tanta saña a la vicepresidente. Porque sabe que sin el reflejo del poder, sin el eco de la pelea y sin el escenario de la confrontación, ella es solo una maquilladora con un traje de superheroína.

Y en un país que se desangra, que necesita legisladores de verdad, que necesita ideas y no golpes, que necesita grandeza y no mezquindad, tener una diputada así es un lujo que no nos podemos permitir.

Lilia Lemoine no es una política. Es una advertencia. Una advertencia de lo que ocurre cuando el show se come a la sustancia, cuando la imagen vale más que el trabajo, cuando el escupitajo y el cachetazo reemplazan al debate.

Ojalá alguien le recuerde que ser diputada no es un disfraz. Ojalá alguien le diga que la política no es un ring. Ojalá, algún día, decida bajar del escenario y empezar a trabajar.

Pero, hasta entonces, seguirá siendo eso: una mujer que escupe y es escupida. Una mujer que llegó lejos sin saber adónde va. Una mujer que, en el fondo, nunca entendió que el poder no se usa, se construye.

Y ella, lamentablemente, no construye nada. Solo se disfraza.

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