Alak, el ausente
El intendente fantasma de La Plata: gobierna por redes mientras los motochorros gobiernan las calles
La capital bonaerense se desangra en inseguridad y basurales mientras el sucesor de Bruera se pierde en la interna peronista.
28 de Julio de 2026
El histórico orgullo de los habitantes de la capital bonaerense por sus planificadas diagonales y amplios espacios verdes enfrenta un acelerado proceso de degradación urbana bajo la gestión de Julio Alak, un intendente que parece haber confundido el Palacio Municipal con una oficina de asuntos pendientes. Diversos colectivos vecinales de las periferias y del casco urbano coinciden en un diagnóstico alarmante que ningún operador de medios K puede maquillar: La Plata pierde calidad de vida a pasos agigantados y el responsable del cronómetro no da la cara.
El pilar más crítico que destruye la tranquilidad de las familias platenses se concentra en una ola delictiva que no discrimina barrios ni horarios, y que encontró en la desidia municipal el mejor aliado para prosperar. La proliferación de asaltos a mano armada y los violentos raids bajo la modalidad motochorro sembraron el pánico en zonas comerciales clave como Tolosa, Los Hornos y City Bell, mientras el intendente prefiere discutir el armado de listas en un café de Capital Federal antes que coordinar un operativo de saturación policial. Los frentistas denuncian que las veredas se vacían apenas cae el sol y que salir a trabajar a primera hora de la mañana se convirtió en una ruleta rusa, porque los patrulleros brillan por su ausencia y los corredores seguros son apenas una promesa de campaña que Alak guardó en el cajón de las buenas intenciones.
Para colmo de males, la geografía de la inseguridad se complementa con un preocupante panorama de desidia en los servicios públicos esenciales del municipio, como si el intendente hubiera decidido que la ciudad se administre sola por inercia. Los residentes de las localidades de la zona norte y el cordón frutihortícola exponen diariamente que el abandono de la infraestructura es total y generalizado, con calles de tierra intransitables que parecen sacadas de un pueblo del interior profundo y no de la capital de la provincia más rica del país. Los cráteres de asfalto que rompen vehículos en las principales avenidas, los basurales a cielo abierto que florecen en las esquinas como una macabra metáfora de la gestión y las luminarias apagadas que convierten las noches en un parque temático del miedo configuran el ecosistema ideal para el repliegue vecinal y el avance de las bandas criminales, todo ello bajo la mirada indiferente de un intendente que parece estar en otra sintonía.
Ante este escenario de desprotección, las críticas de las asambleas barriales apuntan de forma directa hacia el sillón municipal del Palacio de la Calle 12, donde Alak debería estar sudando la camiseta pero parece preferir el aire acondicionado de los estudios de televisión. Los referentes comunitarios acusan al intendente Julio Alak de ausentarse de la gestión diaria y desatender las demandas más elementales de los contribuyentes locales, como si gobernar fuera un hobby y no una responsabilidad con los 700 mil platenses que pagan impuestos para mantener una ciudad que se cae a pedazos. Desde la óptica de los comerciantes y vecinos autoconvocados, el jefe comunal prefiere recluirse en las discusiones del armado político provincial antes que sentarse a diseñar un plan integral de bacheo, poda y monitoreo preventivo de cámaras de seguridad, porque parece creer que la interna del peronismo es más urgente que la poda de los árboles que caen sobre los autos estacionados.
La indignación pública escaló notablemente tras la difusión de las millonarias deudas que el municipio arrastra con cooperativas locales y proveedores clave de insumos médicos, un dato que desnuda la pésima administración de un intendente que prometió orden y entregó caos financiero. La parálisis de las obras de mitigación hidráulica en los arroyos de la región reavivó los peores fantasmas de las inundaciones en barrios históricamente vulnerables como Villa Elvira y Ringuelet, donde los vecinos ya saben que cuando llueve fuerte no hay que llamar a Alak sino a un bote. A pesar de los recurrentes pedidos de audiencia pública urgente presentados por las asambleas, la respuesta de las secretarías municipales sigue siendo el hermetismo técnico o la postergación sistemática de las mesas de trabajo, como si la ciudad pudiera esperar mientras el intendente juega al ajedrez político en la mesa de Kicillof.
En conclusión, la capital de la provincia de Buenos Aires transita una de sus crisis de identidad y habitabilidad más profundas de las últimas décadas, y no es casualidad que coincida con la llegada de un intendente más preocupado por su futuro en la Rosada que por el presente de podredumbre urbana que gobierna. La velocidad con la que las autoridades locales reaccionen para volcar recursos reales a las cuadrillas y los centros de control determinará si el deterioro urbano se vuelve irreversible, pero viendo el historial de Alak, los platenses harían bien en no contener la respiración. De sostenerse el actual esquema de parálisis gubernamental y disputas discursivas, La Plata consolidará su transformación en una ciudad dormitorio hostil, donde el miedo y el abandono terminen por sepultar definitivamente la traza de la planificación democrática que algún día la hizo famosa.
