Filo propio
El mandato de Jorge Macri, que se creía inteligente, ya tiene olor a nafta podrida y gestión en piloto automático
Mientras el PRO se achica para ser la sombra de Milei, Jorge Macri gobierna con la creatividad de un empleado municipal en año sabático.
12 de Agosto de 2026
No hace falta ser un lince político para verlo: el gobierno porteño está en ese estado viscoso que precede a las derrotas. Matías Muraca lo dijo sin anestesia el sábado en la radio, pero cualquier vecino que haya pisado un subte con 40 grados o haya intentado cruzar una avenida en obra perpetua ya lo sabía desde hace rato. El PRO, ese partido que alguna vez vendió gestión como si fuera perfume francés, hoy se parece más a esos puestos de la Salada que venden réplicas: misma forma, calidad berreta y olor a plástico derretido.
Lo que Muraca señala con una fineza que casi irrita es que el PRO se convirtió en colectora de La Libertad Avanza. No es un desliz, es un acta de defunción política disfrazada de alianza. Porque si hay algo más triste que un gobierno sin ideas, es un gobierno que decide tomar prestadas las ideas del que le pega desde el balcón. Jorge Macri no es que haya perdido el rumbo: es que directamente apagó el GPS y se dejó llevar por la corriente libertaria, que en materia de represión y ajuste tiene el manual más grueso que la Constitución.
El fanatismo represivo del que habla Muraca no es una exageración de opositor calentón. Es la respuesta lógica de un poder que ya no sabe qué ofrecer. Cuando no tenés obra pública, ni transporte, ni seguridad, ni políticas sociales que funcionen, lo único que te queda es mostrar los dientes. Los cortes de calle, los piquetes, los cartoneros, cualquier cosa que se mueva se convierte en blanco de una policía que muchas veces parece actuar más por consigna política que por necesidad operativa. Y eso no es gobernar, es hacer bullying con la Ciudad como ring.
El dato más devastador del análisis de Muraca es el de la vagancia. No la del empleado que mira el celular en hora de trabajo, sino la de la gestión que se duerme en los laureles de un pasado que ya no existe. Porque gobernar Buenos Aires no es sólo poner baldosas y cortar cintas. Es tener una idea de ciudad, de futuro, de cómo se vive y se convive. Hoy, el PRO porteño parece estar en modo "hold", esperando que alguien le diga qué hacer, mientras la Ciudad se desangra en pequeñas muertes cotidianas: una vereda rota, un colectivo que no pasa, un hospital que cierra un piso.
Lo que está madurando, como dice el secretario general del Partido Intransigente, no tiene nada que ver con el show de Milei ni con el caretaje de Macri. Hay algo más profundo, más fresco, que todavía no encuentra forma pero que ya está oliendo el poder. Porque si hay algo que la historia argentina enseña es que los ciclos se cierran cuando la gente empieza a notar que el gobierno no trabaja para ella. Y en eso, los porteños son especialistas: bancan, bancan, hasta que un día dejan de bancar y te cambian el mapa en una elección.
El desafío de la oposición, claro, es no hacer la plancha. Muraca lo dice con honestidad de militante veterano: hay que ordenarse. Pero ordenarse no es juntarse a comer asados y firmar declaraciones vacías. Es construir una alternativa que no sea ni el PRO reciclado ni la motosierra libertaria. Es volver a pensar la Ciudad como espacio de encuentro, no como campo de batalla entre soberbios. El Partido Intransigente, con su historia de frentismo, parece dispuesto a poner el cuerpo. Pero la pregunta es si los demás están dispuestos a salir de sus capillas y pisar el barro.
Mientras tanto, Jorge Macri sigue con su gestión en neutral, mirando cómo se le quema la torta sin atreverse a apagar el fuego. Porque el fuego no es la economía, ni el dólar, ni las conspiraciones: el fuego es la indiferencia de un gobierno que ya no tiene más nafta en el tanque.
