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Miércoles 12 de Agosto de 2026

El negocio eterno

Jorge Macri licita ataúdes para llenar de fernet el corazón de Recoleta

El PRO convierte una bóveda con muertos adentro en un local gastronómico y demuestra que, para la derecha, el único monumento que merece respeto es el del billete.

11 de Agosto de 2026

El Cementerio de la Recoleta, ese panteón de glorias nacionales donde descansan desde próceres hasta la dueña del marketing político más efectivo del siglo XX, acaba de sumar un inquilino comercial de lujo. El gobierno porteño, en su cruzada por demostrar que el libre mercado no tiene límites ni siquiera espaciales, decidió licitar una bóveda de la familia Girado para montar un gift shop con venta de bebidas y un tour nocturno. La idea, tan brillante como macabra, convierte el reposo eterno en un after office con cafetería incluida.

La novedad no es que el cementerio reciba turistas. Eso ya pasa en París, en Londres y hasta en Washington, donde los visitantes caminan entre tumbas con el respeto que el sentido común dicta. La diferencia, esa que al PRO parece resbalarle como agua por el lomo de un pato, es que en esos lugares nadie mete un local de hamburguesas adentro de una bóveda que todavía contiene ataúdes. El Père-Lachaise prohíbe los picnics, el Oak Hill Cemetery no deja ni ingresar con alimentos, y en Londres los servicios turísticos están en los accesos. Pero acá, en la ciudad donde el mercado lo es todo, hasta los muertos tienen que facturar.

El gobierno de Jorge Macri, ese mismo que se jacta de "modernizar" la ciudad con grúas y cemento, ahora quiere meter la lógica del shopping en el último lugar donde debería reinar el silencio. Porque una cosa es poner un café en la puerta de la Chacarita, como ocurre en otros cementerios históricos del mundo, y otra muy distinta es abrir la puerta de una bóveda, esquivar los ataúdes de la familia Girado, que todavía están ahí, y montar una caja registradora entre nichos. Gabriel Levinas lo verificó esta mañana: los féretros siguen en su lugar. "Deshabitada" dice la licitación. Habría que preguntarle a los ocupantes si están de acuerdo con el eufemismo.

El precedente es lo que debería helar la sangre de cualquiera que entienda de patrimonio. Porque si hoy una bóveda ocupada puede ser un negocio, mañana podrían ser dos y pasado, el panteón de los caídos en Malvinas podría convertirse en un patio de comidas con vista a la estatua de la madre. La Ciudad no está tocando un espacio vacío: está profanando, con todos los papeles en regla, un lugar donde todavía hay restos humanos. Y lo hace con una naturalidad que sorprendería hasta al más cínico de los funcionarios, si no fuera porque ya sabemos que el cinismo es la moneda corriente del PRO.

Hay algo particularmente grotesco en esta decisión, y no es solo el aspecto funerario. Es que llega después de décadas donde el mismo barrio que hoy ve con indiferencia esta licitación, supo movilizarse para salvar un árbol durante la dictadura. En tiempos donde protestar costaba caro, los vecinos de Recoleta salieron a defender el gomero de la plaza de una excavación que amenazaba sus raíces. Ese árbol, que sigue en pie después de dos siglos, es el recordatorio de que los mismos ciudadanos que hoy aplauden el "progreso" porteño, en otro contexto entendían que hay cosas que no se tocan. Pero claro, el árbol era verde y los muertos no votan.

La pregunta que debería hacerse cualquier porteño con dos dedos de frente es: ¿qué clase de ciudad construimos cuando el rédito económico se instala hasta en el descanso eterno? Porque acá no hay un debate sobre turismo o recaudación; hay un debate sobre si el cementerio sigue siendo un cementerio o se convierte en un parque temático. Y la respuesta del gobierno porteño, con Macri a la cabeza, es tan clara como su concepción de la cosa pública: todo es negocio, incluso el silencio de los muertos.

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