Del homenaje a Mujica a la patota policial
Jorge Macri armó su propio ICE porteño y lo llama Tormenta Negra para cazar laburantes informales
Con helicópteros, drones y 1500 efectivos, el jefe de Gobierno montó un show de saturación en barrios populares y quedó acusado de usar la pobreza como escenografía de campaña.
15 de Mayo de 2026
Jorge Macri salió a caminar la Villa 31 rodeado de cámaras, drones y policías como quien entra a un set de Netflix creyéndose protagonista de una serie de acción barata. El operativo “Tormenta Negra” desembarcó en 15 villas y barrios populares porteños con un despliegue cinematográfico que mezcló helicópteros, perros K9, cuatriciclos y un blindado llamado “Fénix”, como si el problema de la Ciudad fuera una guerra narco en Medellín y no una administración que hace años abandona los mismos barrios que ahora invade con uniformes.
El nombre elegido para el operativo no pasó desapercibido. “Tormenta Negra” sonó menos a política pública y más a brainstorming de campaña hecho entre trolls de Twitter y asesores desesperados por correr a Patricia Bullrich por derecha. Porque mientras el macrismo porteño recorta presupuesto en vivienda, permite desalojos y deja obras frenadas, encontró una solución mucho más rentable electoralmente: convertir a los pobres en enemigos televisivos de horario central.
La escena tuvo todos los ingredientes del manual punitivista premium. Jorge Macri caminando entre efectivos, TN y La Nación+ transmitiendo imágenes de saturación policial y títulos grandilocuentes sobre “búnkers”, “narcos” y “ataques al delito”, aunque después el saldo concreto fuera una colección de pibes demorados por marihuana, vendedores ambulantes hostigados y comerciantes a los que les tiraron mercadería al piso como si vender pescado o celulares usados fuera una amenaza al orden republicano.
Desde organizaciones villeras denunciaron persecución, racismo y xenofobia. Y cuesta discutirlo cuando el operativo pareció diseñado más para tranquilizar votantes de Recoleta que para resolver problemas reales en los barrios populares. La Ciudad despliega un ejército para correr cartoneros, secuestrar carros y romper puestos callejeros, pero sigue sin resolver hacinamiento, vivienda, cloacas o urbanización. Para algunas gestiones, la miseria no se combate: se esconde, se cerca y se patrulla.
Nelson Santa Cruz, vecino de la Villa 21-24 e integrante del Movimiento de Villas, aseguró que el operativo formó parte de una política de disciplinamiento social y propaganda electoral. Según relató, los procedimientos comenzaron días después de la movilización en homenaje al Padre Mujica, donde vecinos denunciaron recortes presupuestarios y desalojos. La respuesta oficial no llegó con diálogo ni soluciones. Llegó con drones sobrevolando techos de chapa y policías revisando puestos de comida como si estuvieran desactivando células terroristas.
El dato más incómodo para el relato épico del operativo es que no apareció ningún gran narco detenido. Ni bandas sofisticadas ni estructuras criminales cinematográficas. Apenas consumidores, trabajadores informales y discusiones con vecinos acusados de “resistencia a la autoridad”. Mucho ruido, muchas cámaras y un resultado que parece más cerca de un casting para campaña que de una política seria de seguridad.
La competencia con Patricia Bullrich también sobrevuela toda la escena. Jorge Macri necesita demostrar dureza mientras La Libertad Avanza le respira en la nuca y le discute el electorado que aplaude patrulleros, mano dura y slogans de guerra urbana. Entonces aparecen estos operativos gigantescos donde el mensaje político parece más importante que la eficacia real. Una especie de “Gran Hermano policial” donde el rating importa más que las consecuencias sociales.
Mientras tanto, en barrios como la Villa 31, La Boca o Constitución, vecinos denuncian desalojos compulsivos y presión inmobiliaria. Porque detrás del discurso de “recuperar el orden” también asoma el viejo sueño porteño de maquillar la pobreza para que no arruine la vista del negocio inmobiliario. Puerto Madero versión expandida: donde antes había villas, después aparecen cafés caros, bicisendas prolijas y departamentos imposibles de pagar.
La paradoja final es brutal. Un gobierno que hace años administra la Ciudad más rica del país necesita entrar a las villas con helicópteros para mostrar autoridad. Mucha sirena, mucho uniforme y mucho operativo bautizado como película de acción, pero cuando se apagan las cámaras sigue quedando lo mismo: pobreza estructural, abandono estatal y políticos usando el miedo como combustible electoral.
