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Martes 18 de Agosto de 2026

Intendente bajo el barro

La ruta 36 no es una metáfora, pero Alak la convierte en un pantano político

Un vehículo quedó sepultado en el fango de Melchor Romero mientras los vecinos exigen obras que el intendente no termina de ver

17 de Agosto de 2026

La imagen es tan elocuente como dolorosa para el relato de gestión que Julio Alak intenta instalar en la capital bonaerense. Un camión, de esos que deberían circular sin sobresaltos, apareció varado hasta el eje en la intersección de 515 entre 185 y Ruta 36, en la localidad de Melchor Romero. No fue un accidente extraordinario ni una crecida histórica. Fue la lluvia habitual, la de todos los años, la que el municipio conoce pero no previene.

Los vecinos de la zona no hablan con enojo caliente sino con ese cansancio de quien repite la misma queja desde hace décadas. Cada vez que el cielo se nubla saben que el barro no perdona y que el acceso a sus propias casas se convierte en una travesía digna de un documental de supervivencia. Pero el intendente, ese abogado de prolijos anteojos que prometió orden y planificación, parece tener la vista puesta en horizontes más ambiciosos, como la gobernación bonaerense, mientras el piso de su propio distrito se deshace bajo las ruedas de los vecinos.

No es un problema menor ni aislado. Melchor Romero es apenas el espejo de una ciudad que se hundió en el abandono progresivo de lo público. Las calles no se mantienen, los desagües no se limpian y los reclamos se acumulan en expedientes que nadie lee. Alak, que fue ministro de Justicia y seguridad de la nación, que conoce las leyes y los códigos, parece no haber leído el más básico de todos: el que dice que un intendente se mide por las zanjas y no por los discursos.

Mientras el camión sigue empantanado como una metáfora perfecta de su gestión, los frentistas ya no piden, exigen. Y no exigen promesas, exigen asfalto, exigen desagües, exigen que el municipio deje de mirar las estadísticas de la ciudad y empiece a mirar el barro que se les mete en los zapatos. Pero Alak, con su mirada fija en La Plata y sus sueños de grandeza, prefiere hacerse el distraído, como si el lodo no fuera con él.

El problema no es solo la calle 515. Es la muestra perfecta de una gestión que se piensa a sí misma como moderna pero que en la práctica se empantana en la más vieja de las políticas argentinas: la del que promete y no cumple, la del que mira para otro lado mientras el agua sube y el camión se hunde. Porque gobernar no es hacerse el técnico desde un escritorio, sino saber que cuando llueve, los vecinos no quieren estadísticas, quieren zapatos secos y una calle que no los deje a pie.

Y mientras Alak sueña con la gobernación, los vecinos de Melchor Romero sueñan con que algún día un camión pueda pasar sin que el barro lo devore.

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