Importaron revoltosos de Berisso y Ensenada
Peronismo caníbal en La Plata: Kicillof y Máximo mandan a Grabois a destrozar a Alak
Lo que arrancó como un "reclamo de cooperativas" terminó siendo un escenario de guerra entre Kicillof, Máximo y el amigo de los pobres, Grabois.
3 de Julio de 2026
La crónica policial de La Plata del viernes 26 de junio no fue otra cosa que el reflejo en el espejo de un peronismo que se devora a sí mismo. Piedras, vidrios rotos y amenazas frente al Palacio Municipal, pero con un detalle no menor: los manifestantes llegaron con banderas de otras ciudades. Porque, claro, la solidaridad entre cooperativistas no conoce fronteras, y mucho menos cuando se trata de pegarle al intendente que no se alinea con la línea correcta.
Resulta que no eran vecinos platenses indignados por el salario, sino una suerte de gira turística de la bronca organizada desde las sombras, con paradas en Berisso, Ensenada y El Talar. Todos bajo el paraguas bendito del movimiento que bendice Juan Grabois, ese líder que en los últimos actos políticos se codea con el poder como si fuera un actor secundario pero con aspiraciones a protagonista. La pregunta que cae como un baldazo de agua fría es: si tanto reclamo social era genuino, ¿por qué tuvieron que venir de afuera para pelear por algo que supuestamente afecta a los platenses?
El intendente Julio Alak, que juró que su gestión iba a ser la de la sensatez, ahora se encuentra en medio de la tormenta perfecta. Por un lado, tiene al gobernador Axel Kicillof mirando de reojo cada movimiento, y por el otro al heredero del apellido, Máximo Kirchner, tejiendo una red que parece más interesada en controlar el territorio que en solucionar problemas reales. Alak, que alguna vez fue un operador de la vieja guardia, hoy parece el sparring de todos y el socio de nadie.
Las diferencias entre Kicillof y Máximo no son nuevas, pero en las últimas semanas se volvieron más evidentes que un asado en una vereda de clase media. Mientras Kicillof intenta construir una imagen de gobernador pragmático (con lo que le queda de eso), Máximo juega a la política de los gestos y la lealtad inquebrantable a su madre. Y en medio de ese ring, Alak ensaya un paso de baile que por ahora solo le sirve para recibir golpes de ambos lados. Porque no hay nada más patético que ver a un intendente pedirle perdon a los manifestantes por los destrozos mientras les cobra 40 millones de pesos, un intento de "mano dura" que no asusta ni a un empleado municipal.
El problema de fondo no es el reclamo salarial, eso es apenas el anzuelo. Lo que realmente está en juego es el control del peronismo bonaerense, esa máquina de hacer negocios y favores políticos que parece no entender que el país ya no soporta más deudas. Con Grabois de espectador de lujo, la protesta platense se convierte en el capítulo de una serie que ya cansa: todos quieren ser el héroe de la clase trabajadora, pero ninguno quiere hacerse cargo del desastre que dejan.
Alak intimó a las organizaciones para que paguen los daños, un acto que en cualquier municipio serio sería de manual, pero que en el peronismo parece una herejía. Porque si realmente hay una "asociación ilícita" detrás de los destrozos, ¿por qué no denunciarla penalmente y dejar de lado la tibieza? La respuesta es sencilla: porque el peronismo se alimenta de esos vínculos ambiguos, de esa mezcla de reivindicación social y presión callejera que les permite gobernar mientras se hacen los distraídos.
El viernes no hubo una protesta, hubo un mensaje. Y el mensaje es tan claro como la hipocresía de quienes lo enviaron: en el peronismo, nadie está a salvo de la cuchilla, ni siquiera un intendente que alguna vez fue parte del "modelo". Ahora Alak deberá decidir si se planta o si sigue siendo el convidado de piedra en un banquete donde los platos vuelan por los aires. Pero una cosa es segura: su gestión quedó herida, y en política, las heridas nunca se curan solas.
