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Miércoles 25 de Marzo de 2026

¿Calles rotas o tambores?

¡Ritmos caribeños con guita de los porteños! Jorge Macri evapora impuestos en talleres afrolatinos mientras CABA se pudre

La oferta cultural porteña suma actividades llamativas mientras crecen las preguntas sobre el destino real de los recursos públicos.

24 de Marzo de 2026

En una ciudad donde el discurso oficial insiste con eficiencia, modernización y gestión “de primer mundo”, la realidad cotidiana vuelve a meter ruido. No por una obra emblemática ni por una mejora sustancial en servicios, sino por algo más terrenal: la forma en que se usan los impuestos de los porteños. Porque mientras el vecino hace cuentas para llegar a fin de mes, el Estado local despliega una agenda de talleres que, lejos de ser una prioridad evidente, abre interrogantes sobre criterios y prioridades.

La grilla que circula, con talleres como percusión afrolatina, canto afrolatino o ritmos caribeños en niveles iniciales y avanzados, no sería polémica si formara parte de un esquema equilibrado. El problema es otro: la desconexión entre el gasto cultural y las demandas más urgentes de la ciudad. Calles deterioradas, inseguridad en alza en varios barrios y servicios que no siempre responden a la altura del relato oficial conviven con propuestas que parecen diseñadas más para engrosar un catálogo que para resolver necesidades concretas.

En ese contraste es donde aparece la figura de Jorge Macri, que asumió con la promesa de continuidad y gestión ordenada. Sin embargo, la administración empieza a mostrar señales de dispersión en el uso de recursos, donde lo accesorio gana terreno frente a lo esencial. No se trata de cuestionar la cultura, que es necesaria, sino de preguntarse qué lugar ocupa dentro de una estructura de gasto que debería tener prioridades claras.

La pregunta, entonces, es incómoda pero inevitable: ¿en qué se están yendo los impuestos en CABA? Porque cuando la oferta estatal parece más enfocada en talleres de nicho que en resolver problemas estructurales, el mensaje que se transmite es otro. Uno donde la gestión pierde foco y donde el contribuyente empieza a sentir que paga cada vez más para recibir cada vez menos.

 

Y ahí es donde el marketing político choca con la vida real. Porque una cosa es la foto de agenda cultural diversa y otra muy distinta es la percepción del vecino que, entre ABL, expensas y tarifas, no encuentra correlato entre lo que paga y lo que recibe. La gestión puede ofrecer ritmos caribeños, pero la pregunta de fondo sigue sonando más fuerte: quién marca el compás del gasto público y con qué lógica.

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