Ajuste con motosierra
¿Se tatúa el nombre de Milei en el pecho? Jorge Macri descuartiza el Estado porteño con despidos masivos
El primo del ex presidente menemiza la Ciudad con una motosierra prestada que ni siquiera sabe afilar.
17 de Julio de 2026
Ayer nomás, el flamante Jefe de Gobierno porteño anunció con bombo y platillo su plan de reforma del Estado. Promete eficiencia, achique y menos burocracia. Suena lindo, sobre todo si uno no presta atención a los detalles y se deja llevar por el eslogan de campaña que repite como un loro con discapacidad cognitiva.
Eliminamos 359 cargos gerenciales.
— Jorge Macri (@jorgemacri) July 17, 2026
Ya dimos de baja 9 mil cargos y alcanzamos la planta administrativa más baja de los últimos 10 años.
La eficiencia del Estado no solo es una cuestión técnica: es un deber moral con los porteños que lo sostienen con su trabajo.
Esto también es…
El problema no es que quiera eliminar áreas del gobierno. El problema es que lo hace con la misma precisión quirúrgica con la que un carnicero novato deshuesa un pollo: corta por donde cree, deja mugre por todos lados y después se asombra cuando el cliente se queja de que no hay nada que valga la pena. La reforma propuesta no es una modernización administrativa, es un acto de fe en el mantra libertario que Javier Milei repite en cadena nacional, como si Buenos Aires fuera un ranchito del conurbano que necesita un machetazo urgente para sobrevivir.
Lo curioso es que Jorge Macri habla de eficiencia cuando su propia gestión arranca con más agujeros que un colador de fideos. Promete eliminar gerencias intermedias, pero nadie sabe bien cuáles ni por qué. Suena a medida de manual, a capítulo de la escuela de Chicago mal leído, a ocurrencia de sobremesa que suena bien en el estudio de grabación pero que en la realidad se estampa contra el muro de los gremios, los empleados públicos y los vecinos que mañana van a preguntar por qué no funciona el ascensor del hospital o por qué la vereda se desarma sola.
La motosierra que empuña Jorge tiene el filo de una cuchara de plástico. La usan para cortar gastos pero no para revisar privilegios. Porque mientras anuncia que va a achicar el Estado porteño, uno se pregunta si también va a reconsiderar el sueldo de los funcionarios de primera línea o si va a revisar los contratos millonarios que el PRO le firmó a sus amigos de siempre. La lógica es la del optimista fiscal: el ajuste siempre lo pagan los de abajo, mientras los de arriba se sacan fotos con el hacha y hablan de sacrificio.
Hay que darle crédito a la estrategia comunicacional. Jorge Macri entendió que el viento sopla a favor de los discursos destrozadores y decidió subirse a la ola. Pero la Ciudad no es una empresa en quiebra que necesite un liquidador de oficio. Es un territorio vivo con gente que necesita servicios, transporte, salud y educación. El recorte no se siente en los escritorios de los asesores que ni siquiera saben dónde queda la estación de Constitución. Se siente en la fila de un hospital público cuando faltan enfermeros o en la escuela cuando se suspende el comedor.
Macri jugó durante años a ser el primo moderno del macrismo original, el que llegaba a poner orden en el despelote K. Hoy, con el manual de Milei bajo el brazo, demuestra que la única novedad es la marca del discurso. El fondo es el mismo de siempre. Ajustar, recortar, prometer y después culpar al heredero del gobierno anterior.
El problema no es que el jefe de Gobierno quiera reformar la Ciudad. El problema es que su reforma parece escrita en servilleta durante un after office libertario, sin pensar en que los porteños no viven de eslóganes sino de soluciones concretas. Y mientras él se entusiasma con la motosierra de cartón, los vecinos siguen esperando que alguien arregle las calles sin tener que hacer una denuncia en la web que nunca responde.
