Rosca silenciosa
Jorge Macri pasó de un “ole” incómodo a socio abrazable del mileísmo
La foto del Tedeum dejó algo más que un saludo protocolar entre Javier Milei y Jorge Macri. Mostró cómo el PRO porteño empezó a tragarse el orgullo después de que La Libertad Avanza lo dejara tercero en su propio kiosco político.
25 de Mayo de 2026
El abrazo en la Catedral Metropolitana no fue una postal religiosa ni una escena de cordialidad institucional. Fue política pura, de la más cruda. Hace exactamente un año, Javier Milei le soltaba la mano a Jorge Macri delante de todo el país y lo dejaba pagando como a un invitado sin mesa en casamiento ajeno. Esta vez hubo sonrisa, abrazo y acomodo. En Argentina, la dignidad política suele durar menos que un café en conferencia de prensa.
“CÓMO CAMBIÓ TODO EN UN AÑO: EL AÑO PASADO ADORNI ARRASABA EN LA CIUDAD Y AHORA ESTÁ RELEGADO Y A JORGE MACRI LE HACÍA ‘OSO’ Y AHORA LE DA UN ABRAZO” ? ? ? pic.twitter.com/SC2yUX28me
— Revolución Popular (@RPN_Oficial) May 25, 2026
La secuencia explica bastante bien el momento del PRO porteño. Después de casi veinte años manejando la Ciudad como si fuera un country administrativo con bicisendas premium, el macrismo descubrió que también podía perder. Y no contra el peronismo, que era el rival histórico de manual, sino contra un ejército libertario que hace dos años ni siquiera tenía estructura territorial seria en CABA.
La derrota de 2025 todavía retumba en Uspallata. Manuel Adorni arrasó en la elección porteña y dejó al PRO tercero en el distrito que Mauricio Macri convirtió durante años en una especie de showroom político. El problema no fue solamente electoral. Fue psicológico. El macrismo pasó de patrón del barrio a inquilino nervioso en cuestión de meses.
Por eso el abrazo con Milei tuvo gusto a supervivencia. Jorge Macri entendió algo que en el PRO empiezan a repetir en voz baja para no herir egos amarillos. Sin acuerdo con La Libertad Avanza, el partido corre riesgo de convertirse en una cooperativa de ex funcionarios nostálgicos hablando de Metrobús y baldosas táctiles mientras el poder real pasa por otro lado.
El problema para Jorge Macri es que tampoco puede entregarse completamente al mileísmo porque ahí el PRO desaparecería absorbido como café instantáneo en agua caliente. Entonces aparece la gimnasia imposible que hoy intenta practicar el jefe de Gobierno. Abrazar a Milei sin parecer empleado administrativo de Karina Milei. Competir con La Libertad Avanza mientras negocia con ella. Defender identidad propia cuando el electorado ya empezó a preguntarse para qué sirve el original si tiene disponible una versión más extrema y más ruidosa.
En ese contexto aparece la obsesión porteña con las PASO. El macrismo las defiende no por romanticismo republicano sino porque necesita tiempo, estructura y oxígeno político para sobrevivir. En el PRO saben que una elección totalmente nacionalizada beneficia a Milei, que convierte cualquier campaña en un plebiscito emocional donde el resto termina orbitando alrededor suyo como satélites sin combustible.
Jorge Macri también intenta vender gestión para reconstruir volumen político. Hablan de limpieza urbana, del Hospital Zubizarreta, de seguridad y de personas viviendo en la calle porque el Gobierno porteño detectó algo incómodo. El votante de CABA dejó de mirar solamente narrativa anti kirchnerista y empezó a mirar mugre, veredas rotas y deterioro urbano. Un problema bastante grave para un espacio que convirtió durante años la estética de gestión en religión política.
Mientras tanto, Patricia Bullrich aparece como amenaza latente dentro del universo libertario porteño. En el PRO sospechan que Karina Milei jamás regalaría la Ciudad sin pedir algo a cambio y observan con preocupación cómo Bullrich conserva volumen propio, algo que en la Casa Rosada suele generar más alergia que entusiasmo.
El dato más brutal de toda la escena es otro. Hace apenas un año, Milei hacía desplantes públicos contra Jorge Macri y convertía el saludo en una humillación televisada. Ahora lo abraza porque la política argentina tiene esa lógica de truco entre tahúres. Primero te escupen las cartas en la cara y después te invitan a jugar en pareja si conviene electoralmente.
El PRO porteño intenta convencerse de que todavía conserva identidad, músculo y capacidad de negociación. Pero la foto del Tedeum dejó una imagen difícil de esconder. El partido que alguna vez administró la Ciudad como dueño absoluto del tablero hoy festeja que el Presidente no le retire la mano delante de las cámaras.
