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Martes 21 de Julio de 2026

El eco-hipócrita

Mientras echa a 400 cartoneros, Julio Alak le paga el bondi a una privada para que entierre la basura verde

El intendente platense desguaza el reciclaje con inclusión social, ofrece una tarjeta alimentaria como placebo y deja a los recuperadores en la calle, mientras la empresa de turno sigue facturando por retirar las bolsas que nadie clasifica.

20 de Julio de 2026

La ciudad de las diagonales, famosa por sus tilos y su rica historia institucional, acaba de ser escenario de una maniobra que ni el más pintado de los ajustadores de cuentas políticas se animaría a defender en público. Julio Alak, el ingeniero de la "modernidad" y viejo zorro del peronismo que supo ser ministro de Néstor Kirchner, acaba de propinarle una patada en el cesto a más de 400 recuperadores urbanos.

Los echó sin asco, desarmó de un plumazo diez años de política ambiental y, para colmo, les ofreció una tarjeta alimentaria como si fueran mendigos en lugar de trabajadores. Porque, claro, en la cabeza del intendente, el "Plan Platense" es tan brillante que confunde el salario digno con el asistencialismo del "te doy para la vianda".

No es casualidad. Alak, que llegó al palacio municipal con la promesa de ser el faro del progresismo ilustrado, parece haber tomado la decisión de pasar la motosierra por el único sector que realmente funcionaba en materia ecológica. Durante una década, las cooperativas fueron la columna vertebral del reciclaje local.

Recuperaban toneladas, trabajaban de la mano con la Universidad, daban dignidad a los cartoneros. Era un ejemplo de economía circular y, encima, le ahorraban al municipio millones en enterramiento de basura. ¿El problema? Que eso no les deja ganancia política inmediata ni favores para repartir entre contratistas amigos.

El cuento del "cambio de modalidad" es la excusa perfecta. Primero, Alak les dijo que iban a licitar y que todo iba a ser más transparente. Los cartoneros, ilusos, aplaudieron. Pero el intendente, fiel a la escuela del "decir una cosa y hacer la otra", salió con el libreto de que "no se podía licitar por cuestiones técnicas".

¿Técnicas? ¿Acaso los residuos cambiaron de composición química? No, señor. La única química que operó acá fue la de diluir el compromiso social para no tener que pagarles un salario. Si no se licita, no hay contrato. Y si no hay contrato, chau, a la calle con el bolsillo vacío. La argucia es tan burda que ofende a la inteligencia platense.

Pero la joya de la corona de esta gestión de manual del ajuste menemista reciclado es la propuesta concreta que Alak les hizo llegar por interpósitos funcionarios: "Tomen una tarjeta alimentaria y vayan a vender el cartón por su cuenta". Es decir, de trabajadores urbanos organizados a linyeras de la esquina.

El intendente, en su infinita sabiduría, cree que con un subsidio de hambre se soluciona el problema estructural. Es el discurso del "esfuerzo propio" llevado al absurdo por un tipo que nunca en su vida tuvo que rebuscar entre la basura para llevar el pan a la mesa. Ridículo y cruel.

Mientras tanto, la bicicleta financiera del reciclado sigue girando. La bolsa verde que los vecinos separan con buena voluntad sigue siendo recolectada, pero no por los cartoneros, sino por una empresa privada que, por supuesto, sigue cobrando puntualmente su canon. ¿Dónde va a parar esa bolsa verde ahora? La pregunta ofende.

Si las cooperativas ya no reciben el material, la respuesta lógica es que va a parar al relleno sanitario, a contaminar napas y a generar más metano que discursos de Alak. La ciudad retrocede diez años en política ambiental con la misma rapidez con la que el intendente retrocede para no dar la cara. El desguace ecológico es total.

Lo peor de todo es el cinismo de la gestión. Alak se atreve a hablar de "ciudad inteligente" y "desarrollo sostenible" en sus spots, mientras por debajo de la mesa desguaza el sistema que hacía posible esa mentira. Es el mismo personaje que, durante años, militó en la vereda de los derechos humanos y ahora les escupe en la cara a 400 familias que solo piden trabajar.

No importa si se llama Kirchner, Fernández o Alak; el peronismo, cuando le toca hacer el ajuste fino, siempre termina teniendo la misma mano dura para los débiles y la misma mano blanda para las empresas que facturan sin laburar.

Los cartoneros, con la dignidad intacta, ya salieron a la calle. Se plantaron frente al palacio municipal, y mientras algunos quemaban neumáticos (un gesto visualmente violento, pero sintomático del desespero), otros fueron detenidos. Alak, en su estilo de intendente de escritorio, se negó a recibirlos, prefiriendo mirar por la ventana cómo la policía resolvía su "problema".

La Universidad y hasta la Iglesia, que suelen ser tibias en estos casos, han salido a respaldar a los trabajadores. Cuando hasta el cura y el decano se ponen de parte de los cartoneros, el intendente debería darse cuenta de que algo hizo pésimamente mal.

Este conflicto no es un simple traspié administrativo. Es la foto perfecta de la hipocresía política vernácula. Alak no es un inútil, es un calculador. Sabe que el reciclaje no da votos si no hay una cámara que lo filme, y que es más fácil pagarle a una privada para que entierre todo y se olvide del problema.

Pero los números no mienten: 400 puestos de trabajo perdidos, una década de políticas públicas a la basura, y el costo ambiental que sus nietos van a pagar. El intendente, mientras tanto, seguirá paseando por la Rambla, sonriendo, mientras la ciudad entierra sus sueños verdes en un relleno sanitario.

 

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