Navidad armada
Orden a balazos con Jorge Macri al mando: un video arruina la coartada
Un policía porteño procesado por fusilar a quemarropa, un video que desarma el relato y un poder político que mira para otro lado mientras la escopeta hace de política pública.
8 de Enero de 2026
El expediente no habla en abstracto ni se refugia en eufemismos: disparo de escopeta a menos de cinco metros. Calibre 12-70. Navidad. Barrio 20 de Villa Lugano. Así describe la Justicia el asesinato de Gabriel González. El acusado, Gastón Miño, quedó procesado con prisión preventiva. Lo que no quedó procesado es la cadena de responsabilidades que empieza mucho más arriba del gatillo.
Gatillo fácil: procesaron con prisión preventiva a Gastón Miño, el oficial de la policía porteña que asesinó al albañil Gabriel González en Lugano la tarde de Navidad, por homicidio agravado. También sobreseyeron a los falsamente acusados: su compañera, su hijo y su vecino. pic.twitter.com/ijvdPa9Btn
— Alejandro Bercovich (@aleberco) January 8, 2026
Jorge Macri posa de gerente del orden y vende “seguridad” como si fuera un servicio premium, pero su Policía ejecuta en la vereda. No fue un forcejeo confuso ni una “riña entre vecinos”: hubo un video, vecinos, heridos colaterales y una víctima desarmada, sin remera, recibiendo golpes de media docena de efectivos antes de los disparos finales. La muerte fue instantánea; la explicación oficial, tardía y frágil.
El intento de maquillaje institucional duró lo que tarda un archivo en circular. CORREPI lo dijo sin rodeos: fusilamiento. Y agregó algo más incómodo para el poder porteño: hubo imputados por encubrimiento. Cuando la coartada se cae, aparece el silencio. Ese silencio que en la Ciudad se administra con la misma prolijidad que el marketing.
La resolución del Hugo Decaría no deja margen para la épica policial: la escala penal no admite condena en suspenso y existe riesgo de fuga. Es decir, la Justicia vio gravedad donde la política intentó ver rutina. El manual es viejo: primero se exagera el peligro del barrio; después se relativiza la vida del pibe; al final se pide paciencia. Todo envuelto en un discurso de “orden” que termina siendo licencia para disparar.
La pregunta incómoda no es qué hizo Miño, eso ya está escrito, sino qué habilita el clima político que convierte la escopeta en respuesta estándar. La Ciudad que presume institucionalidad tolera que la fuerza dispare primero y explique después. Y cuando explica, explica mal. Porque el problema no es un “exceso”: es un método que se sostiene con guiños desde arriba y comunicados tibios cuando el video aparece.
Navidad en Lugano no fue un error operativo. Fue la postal de una seguridad de cartón pintado: mucha consigna, poco control civil y cero autocrítica. En la Ciudad del “orden”, el orden se impuso a tiros. Y el despacho más alto eligió mirar al costado.
