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Miércoles 8 de Julio de 2026

Aprieta el bolsillo

Alak el mago que convierte la plata de los platenses en asfalto y en un 30 por ciento más de impuestos

El intendente de La Plata pide 462 mil millones de pesos y un 30 por ciento más de impuestos para "ordenar la ciudad", mientras los comerciantes se preguntan si el orden no vendrá con un agente de tránsito en la puerta del local.

7 de Julio de 2026

El intendente de La Plata, Julio Alak, el hombre que juega al ajedrez político con las piezas de un peronismo roto, acaba de plantar su bandera en la mesa del Concejo Deliberante. No es una bandera de paz, es una factura con un aumento del 30 por ciento. Con la pomposidad de un emperador romano anunciando un acueducto, Alak presentó su Presupuesto 2026. La cifra, un maremoto de 462.290 millones de pesos, tiene la grandeza de un plan quinquenal soviético, pero la financiación, sospechosamente, parece salir del bolsillo del vecino que apenas puede comprar el kilo de pan. La jugada es clásica: en lugar de eficientizar el gasto, se aprieta al contribuyente y se le dice que es por su bien. Si eso no es la esencia del Manual de Política K, que venga uno de los muchachos de La Cámpora a explicarlo.

El discurso de Alak es una obra de arte en la retórica vacía. "Orden público y progreso social", repitió como un mantra. Orden público, claro, que suena muy lindo cuando lo dice un ex ministro de Justicia, pero que en la práctica se traduce en más controles y multas para financiar el "progreso". El progreso, por su parte, parece ser una palabra mágica que justifica el martillazo fiscal. Mientras los comerciantes, esos seres a los que se les exige que sean el motor del crecimiento, ven cómo su rentabilidad se esfuma con la suba de tasas, Alak se toma un selfie mental frente a una pala mecánica. El problema no es la obra pública, es que el intendente se olvidó de preguntarles a los vecinos si ya están hartos de pagar por un municipio que funciona como una aspiradora de billeteras.

Detrás del presupuesto, se esconde el verdadero Alak, el equilibrista de la grieta que se mueve con la gracia de un elefante en una cristalería. No se sabe si es Kicillofista, si es cristinista, o si es simplemente "alakista". Esta ambigüedad estratégica, que muchos venden como "dialoguismo", es en realidad la forma más pura de supervivencia política. Alak sabe que su futuro no está en las calles de La Plata, sino en el reparto de poder provincial. Por eso, mientras la ciudad se inunda y las calles son un mapa del quirófano, él está demasiado ocupado calculando cuántos votos le da una vereda nueva. La gestión, para él, es un medio, no un fin, y el Presupuesto es el vehículo para comprar el favor de los intendentes vecinos y hacerse el interesante en la mesa de Axel.

Los incidentes de junio en el Salón Dorado, con detenidos y heridos, son el recordatorio perfecto de que el "orden público" es una promesa tan sólida como un castillo de naipes. El intendente, en lugar de preguntarse por qué la gente se toma los edificios públicos, se dedica a denunciarlos por daño agravado. Es la vieja escuela: cuando la política falla, se judicializa y se criminaliza la protesta. La seguridad, ese comodín de los discursos vacíos, se convierte en la excusa perfecta para evadir el debate de fondo: ¿por qué los platenses están tan enojados? El presupuesto, en lugar de ser una herramienta de inclusión, se perfila como el arma de un sheriff que no entiende que la mejor manera de evitar un motín es no dejar a la gente sin comida.

La cuestión de los recursos es la columna vertebral de esta farsa. Alak depende de la Nación y la Provincia, dos entidades que se pelean el presupuesto como dos perros hambrientos por un hueso. Mientras tanto, el municipio, en su afán por no ser menos, decide morder la mano que lo alimenta: la de los contribuyentes. El discurso de la "autonomía municipal" se esfuma cuando hay que pedir plata para tapar un bache. Es el clásico juego de la política argentina: echarle la culpa al de arriba cuando falta y quedarse con el crédito cuando sobra. Alak, con su presupuesto, le está diciendo a los platenses: "les subo los impuestos porque no me dan los números, pero la culpa es de los malvados de la Rosada y de la Gobernación".

El propio Alak sabe que este presupuesto es una bomba de tiempo. El 30 por ciento de aumento en las tasas es una declaración de guerra a la clase media y a los pequeños comerciantes, el mismo sector que, paradójicamente, supuestamente debe salvar la economía. Pero claro, en el mundo del peronismo tecnocrático, la economía real es un concepto abstracto. Lo que importa son los números del presupuesto, el volumen de obra pública y la capacidad de mostrar resultados para la próxima foto. El intendente está dispuesto a incendiar la pradera para que el humo lo haga parecer un bombero heroico.

En definitiva, Alak está haciendo lo que mejor sabe hacer: sobrevivir. Su presupuesto no es un plan, es un refugio. Un refugio para su propia carrera política, donde el bienestar de los platenses es un peón más en el tablero. Mientras los vecinos se quejan, él defiende su plan de "transformación" con la fe de un converso, pero con la carpeta de un recaudador de un sindicato. El Concejo Deliberante se prepara para el debate, pero todos sabemos que en el fondo no se discute el monto, sino el poder. Y en esa discusión, Alak no va a soltar ni un peso de su soberbia.

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