Patriota de Instagram, represor de carne y hueso
Macri se viste de superhéroe con la bandera mientras su policía les baja la fiesta a palos a los hinchas
El Jefe de Gobierno porteño se fotografía con el símbolo patrio mientras sus 400 agentes reprimen a los mismos hinchas que minutos antes cantaban por la Selección. La hipotenusa de la derecha.
7 de Julio de 2026
La escena es digna de una película de Darín donde el Estado se equivoca de enemigo. Mientras en la tele repetían una y otra vez la imagen de Jorge Macri agitando la Bandera de Ceremonia como si hubiera metido el gol él solito, a pocas cuadras de su despacho, la Policía de la Ciudad ya estaba calculando el ángulo perfecto para el próximo botellazo. No para esquivarlo, para devolverlo con intereses.
Reprimen el festejo en el obelisco mientras @jorgemacri revolea la Bandera de Ceremonia. Que mundo loco este de la ultraderecha.
— Tano Catalano (@DanielCatalano_) July 8, 2026
Si todo sigue así vamos a tener q ir a festejar a Avellaneda pic.twitter.com/51FmwosjuI
Todo comenzó como un domingo cualquiera de gloria futbolera. La Selección le gana a Egipto 3 a 2, el pueblo sale a la calle, las familias con criaturas ocupan el Obelisco, y por unas horas, la Argentina se olvida de que el Dólar Blue baila merengue y de que los jubilados cuentan monedas para la leche. Pero la paz dura lo que un pedo en una canasta, porque la ultraderecha no concibe la alegría popular si no viene con un cachetazo incluido. Cerca de las 20:30, cuando el sol ya se había ido a dormir, la fiesta se convirtió en un operativo digno de la ESMA: 400 agentes porteños, cinco heridos propios y 19 detenidos con cargos que van desde "atentado" hasta "resistencia". ¿El delito? Estar alcoholizado y saltar en una plaza pública. Como si Macri no se hubiera tomado un par de whiskys en el palco mientras miraba el partido con cara de botox.
Los voceros oficiales justificaron el operativo asegurando que hubo "piedrazos" y "botellazos". Por supuesto, la versión oficial es tan impecable como el relato del PRO sobre la pobreza en CABA. Lo que no cuentan es que la chispa del incendio la prendió la propia policía cuando empezó a empujar a la gente como si fueran fichas de dominó. Los mismos agentes que después se quejan de que les tiraron objetos, fueron los que rompieron la coreografía del festejo para imponer el "orden" que tanto les gusta vender en los spots de publicidad. Es la lógica del patovica: provocás, golpeás y después te hacés el herido para salir en el noticiero. Gente, cinco policías lesionados es una tragedia, pero cinco policías lesionados mientras reprimen a hinchas que cantaban "Muchachos" ya es una comedia absurda de la derecha.
El momento más delirante de la velada no fue la represión, sino el circo mediático paralelo. En las redes, las cuentas oficiales del PRO compartieron la foto de Macri sujetando la Bandera como si fuera un superhéroe de pacotilla, mientras abajo, en la misma timeline, los videos de los pibes corriendo del gas pimienta se volvían virales. Un hombre, Macri, que no puede ni con el subte ni con los taxis, se subió a un escenario virtual para posar de patriota mientras su fuerza de choque se encargaba de enfriar la alegría de los laburantes. Porque esa es la estética de la nueva derecha argentina: la banana republicana, donde el ídolo sale en la tapa de los diarios con la enseña patria, y los pibes terminan en la comisaría por "resistencia" a que les partan la cabeza.
Y en el medio del quilombo, la perla del día: un punguista que intentó chorear un celular y terminó siendo juzgado por un "jurado popular" improvisado a base de puteadas y botellas. Los hinchas, que en su mayoría no saben ni qué es el Código Penal, aplicaron justicia por mano propia mientras la Policía miraba para otro lado. Esa imagen, la de un chorro siendo linchado por la gente mientras el Estado decide si reprime o no, condensa perfectamente el estado de naturaleza en el que vive la Ciudad de Buenos Aires bajo el mando de los Macri. Un lugar donde la seguridad es un slogan, la justicia una lotería y los festejos, un escenario de guerra.
El colmo de la hipocresía llegó a las 21:30, cuando el tránsito ya estaba cortado, los vidrios rotos brillaban en el asfalto y los empleados de Espacio Público salieron a barrer la mugre como si con eso pudieran ocultar la mugre institucional. Mientras tanto, Jorge Macri, bendito entre los benditos del riñón porteño, seguía girando en el loop de su bandera, ajeno a que el símbolo que revolea hoy es el mismo que muchos de los detenidos usaban como capa para no llorar de emoción por el gol de la Selección. La derecha no entiende de celebraciones, solo entiende de dominio: si la alegría es colectiva, hay que dispersarla; si la gente canta, hay que silenciarla.
Pero lo más patético no es la represión en sí, sino el relato. Macri no es el líder de una ciudad, es el gerente de un country que no soporta la mugre del conurbano. Por eso, cuando el pueblo se junta para abrazarse, él prefiere encerrarse en su despacho a mirar la tele y largar un tuit con una banderita celeste y blanca, mientras abajo los pibes de la Bonaerense de la Ciudad llenan la camioneta de detenidos como si estuvieran recolectando premios en un juego de la feria. Esta es la política del PRO: fotos en el Obelisco, sangre en el cordón de la vereda y una sonrisa para la cámara.
Así estamos, amigos. Con un gobierno porteño que cree que el patriotismo se demuestra pisando cabezas, y con un Jefe de Gobierno que piensa que la bandera es un accesorio de campaña. Mientras ellos juegan a la geopolítica con el teléfono en la mano, los pibes de la villa se preguntan si el próximo fin de semana van a poder festejar el pase a semis sin comerse un gas pimienta. La derecha argentina, con su librito de manual, nos demuestra una vez más que para ellos la calle es solo eso: un lugar para pasar, pero nunca para disfrutar. Y si la gente insiste en hacerlo, siempre les quedará el argumento de los "piedrazos". Aunque las piedras, señor Macri, las empezaron a tirar ustedes cuando decidieron que el festejo debía tener un precio. Que la Bandera de Ceremonia no tape la bronca de los que terminaron en el calabozo por cantar.
