El tiempo - Tutiempo.net
Miércoles 26 de Agosto de 2026

Castigo al helado

Jorge Macri clausuró Rapanui por dos cajas de residuos y la empresa denunció “abuso de poder”

La sucursal de Villa Urquiza quedó cerrada después de una inspección vinculada con la disposición de basura. El comercio asegura que paga un servicio privado que retira sus residuos tres veces por semana y cuestionó directamente el procedimiento.

24 de Agosto de 2026

La sucursal de Rapanui en Villa Urquiza amaneció con las persianas bajas y un cartel que no hablaba de pérdidas ni de crisis económica, sino de una clausura fulminante firmada por el gobierno de Jorge Macri. El motivo oficial: dos cajas de residuos en la vía pública. Dos cajas. No un volcamiento industrial, no un basural clandestino, no una acumulación de escombros que obstruyera la vereda durante semanas. Dos cajas que, según la empresa, suelen retirar tres veces por semana mediante una sociedad tercerizada que tiene contratada para ese servicio.

Pero en la lógica del PRO, la proporcionalidad no es un concepto que manejen con soltura. Si sobra poder, se usa. Y si el poder sobra y encima hay una heladería exitosa en una esquina estratégica, mejor todavía: se clausura, se monta el operativo, se filma, se difunde y queda claro quién manda. Lo curioso es que la normativa porteña permite sanciones económicas por infracciones a la limpieza, pero el cierre preventivo es una herramienta que suele reservarse para casos graves, no para dos bolsas que podrían haber sido levantadas por el mismo camión recolector que pasa todos los días por la avenida Álvarez Thomas.

Rapanui no es cualquier negocio. Es una cadena con presencia fuerte en la Ciudad, con empleados registrados, con inversión visible y con un flujo de clientes que no para ni en invierno. Cerrarla por un residuo mal acomodado no es gestión, es show. Es el clásico acto de autoridad que busca más el titular que la solución, porque si el objetivo fuera mantener las veredas impecables, bastaba con labrar una multa y controlar que no se repita. Pero el gobierno de la Ciudad eligió la foto del local clausurado, la silla vacía, el cartel que duele más que una boleta de infracción.

Los vecinos de Villa Urquiza ya conocen el método: primero se empieza con controles de mesa y sillas en la calle, después se fiscalizan las barras de café, más tarde se persigue la sombra de un carrito de churros y finalmente se cierra una heladería por dos bolsas. El progresismo porteño se viste de orden, pero el orden que impone es el del que no tolera que nadie respire sin permiso. Y mientras tanto, las obras que prometieron en el barrio siguen en el plano, los baches se multiplican y el subte sigue sin llegar a Villa Urquiza después de décadas de promesas.

Lo más ridículo de todo es que el argumento del gobierno suena a manual de intendente de pueblo: “encontraron residuos en la vía pública”. Como si Jorge Macri personalmente hubiera salido a controlar la bolsa de Rapanui. Como si su gestión no tuviera problemas más urgentes que resolver que el destino de una caja de cartón en la vereda. Pero claro, es más fácil clausurar una heladería que explicar por qué el presupuesto en limpieza no alcanza para mantener limpia la Ciudad sin necesidad de montar un circo cada vez que alguien deja algo mal puesto.

La empresa, por su parte, se defendió con un comunicado que tiene el mérito de ser directo: denunció abuso de poder. No dijo “injusticia”, no dijo “malentendido”. Dijo “abuso de poder”. Esa palabra, en boca de una empresa que suele evitar conflictos con el poder político, suena a lo que es: una advertencia de que el límite entre la fiscalización y la arbitrariedad se cruzó con la misma liviandad con la que se tiran dos bolsas en una esquina.

El cierre ya está generando ruido entre los comerciantes del barrio, que ven en este episodio un mensaje inquietante: si una heladería con espalda financiera y servicios contratados termina clausurada por dos bolsas, cualquier kiosco o almacén está a merced de la misma lógica. Y eso no es orden, es hostigamiento. El gobierno porteño se ufana de ser el modelo de gestión en el país, pero lo que exhibe es un manual de hostigamiento selectivo donde el tamaño de la infracción no importa tanto como el tamaño del mensaje que se quiere enviar.

Mientras tanto, los clientes de Rapanui se quedaron sin su postre, los empleados sin su jornada y el barrio sin una esquina que funcionaba como punto de encuentro. Todo por dos bolsas. Todo porque alguien en el gobierno decidió que era el momento de recordar quién tiene la llave. El problema no es la basura. El problema es que la autoridad se usa como porra y la limpieza como excusa.

Comentarios
Últimas noticias