Ciudad blindada
La policía de Jorge Macri le declaró la guerra al carrito de una mujer quebrada en llanto
Una mujer quebrada en llanto por no querer perder su carrito volvió a exponer el costado más frío de una gestión obsesionada con correr pobres de la vereda para maquillar postales.
13 de Mayo de 2026
Otra vez la Ciudad de Buenos Aires quedó envuelta en una escena que mezcla impotencia, miseria y un nivel de insensibilidad que ya parece marca registrada del macrismo porteño. Una mujer rompió en llanto cuando inspectoras y policías intentaron llevarse el carrito con el que trabajaba para sobrevivir. “El carrito no te lo puedo dar”, repetía desesperada mientras alrededor suyo se desplegaba el operativo de siempre, ese teatro de chalecos fluorescentes y autoridad mecánica que aparece rápido cuando el objetivo es un vendedor ambulante, pero suele evaporarse para otras urgencias que viven los porteños todos los días.
Todas las semanas aparecen videos similares. La crueldad como política de estado. La Gestapo de pobres de Jorge Macri. Tenés que ser un hijo de mil putas, como el, para bancar esto. Ojalá le vuelva y con creces todo esto que pregona. https://t.co/CkESSsRo8F
— Francisco Amauli (@FAmauli) May 11, 2026
Las imágenes volvieron a circular con fuerza porque no se trató solamente de un decomiso. Lo que se vio fue a una persona aferrándose a lo único que tenía para generar unos pesos en un país donde cada vez más gente rebusca el mango como puede. Del otro lado apareció el aparato perfecto del orden estético porteño, una maquinaria que parece mucho más preocupada por despejar veredas para que no moleste la pobreza visible que por resolver las razones que la empujan.
Jorge Macri heredó el manual del PRO más clásico y lo está ejecutando sin anestesia. Mucha campaña con drones, renders y discursos sobre modernización, pero cuando baja a la calle la gestión termina pareciendo una patrulla municipal contra laburantes informales. La Ciudad más rica del país, administrada como si el problema central fueran dos medias vendidas en una manta y no la cantidad de gente que quedó afuera del sistema formal.
Cada semana aparecen videos similares y el efecto ya empieza a ser el contrario al que busca el gobierno porteño. Lejos de transmitir autoridad, las escenas exponen una crueldad burocrática cada vez más difícil de disfrazar. Inspectoras rodeando jubilados, manteros llorando, policías forcejeando con vendedores ambulantes y funcionarios hablando de “orden” desde oficinas con aire acondicionado mientras del otro lado alguien suplica que no le saquen lo único que tiene.
Hay algo profundamente cínico en una administración que convirtió la estética urbana en religión política. Barrer pobres debajo de la alfombra nunca solucionó la pobreza, apenas la esconde un rato para la foto. Y mientras el macrismo insiste con esa obsesión por maquillar la Ciudad como una vidriera premium para turistas y desarrolladores inmobiliarios, del otro lado crece una bronca silenciosa que ya no entra ni en el subte ni en las veredas despejadas.
