Promesas, balas y silencio
Patrulleros que huyen y un barrio que demanda: Julio Alak gobierna a los tumbos
Mientras los vecinos intiman judicialmente al municipio, el intendente platense ya mira la gobernación con una gestión que no puede ni con la inseguridad ni con el asfalto.
20 de Agosto de 2026
La escena parece un resumen perfecto de la gestión de Julio Alak en La Plata. Una cámara de seguridad filmó lo que ningún comunicado oficial podría maquillar: un patrullero municipal que, frente a un tiroteo en plena calle, decidió dar marcha atrás y esfumarse en lugar de intervenir. Los vecinos de Villa Castells, mientras tanto, ya no esperan respuestas en la mesa de entrada del municipio. Directamente fueron a los Tribunales a intimar a la Comuna después de tres años de promesas que se diluyeron como azúcar en mate amargo. Esa combinación no es casualidad. Es el termómetro de una ciudad que arde mientras su intendente calienta motores para saltar a la gobernación bonaerense, aunque todavía no pueda resolver ni el bache de la esquina ni el patrullero que se raja cuando las balas silban.
El video del patrullero escapando mientras los disparos sonaban recorrió las redes con la velocidad de un mal rumor, pero con la contundencia de un hecho verificable. No hubo ángulos truchos ni montaje malicioso. Las imágenes muestran lo que cualquier platense que camina después de las ocho de la noche ya sabe: el Estado municipal, en materia de seguridad, es una suerte de espejismo. No es que falten recursos, porque los recursos están. Lo que falta es voluntad para usarlos. O quizás sobra soberbia para creer que la gente no se da cuenta cuando el patrullero frena, mira el quilombo y decide que no es su problema. Esa imagen vale más que cualquier discurso de Alak sobre "articulación con provincia" o "nuevos protocolos". Porque los protocolos no sirven si el que maneja el patrullero tiene más instinto de supervivencia que de servicio.
Mientras tanto, en Villa Castells, los vecinos se hartaron de juntar firmas y hacer ruido en las redes. Pasaron a la acción judicial. Y no es para menos: llevan tres años escuchando que las obras de infraestructura están "en estudio", que los pliegos se están "revisando" y que cualquier día de estos arrancan. Pero los días pasan, los gobiernos se suceden y el barrio sigue pareciendo un terreno olvidado por el mapa municipal. Lo más patético del asunto es que los vecinos no le reclaman a Alak que convierta Villa Castells en Miami. Le piden lo básico: cloacas, luz, asfalto, seguridad. Cosas que cualquier intendente con dos dedos de frente y un mínimo de gestión debería tener resueltas antes de siquiera asomarse a una foto con los grandes del peronismo. Pero Alak prefiere la foto con los próceres partidarios antes que la foto con el vecino que tiene el inodoro desbordado.
El problema no es que Alak quiera crecer políticamente. El problema es que quiere crecer sin haber demostrado que puede caminar solo. Porque una cosa es ser un buen candidato, con sonrisa de comercial de yogurt y discurso prolijo. Otra muy distinta es ser un intendente que se enfrenta a una ciudad que se le desarma entre las manos. En La Plata, los robos violentos son moneda corriente, las entraderas se multiplican y los repartidores trabajan con el miedo como compañero de ruta. Frente a eso, el municipio responde con patrulleros que son más rápidos para huir que para perseguir. Y con funcionarios que tienen más tiempo para declarar en los medios que para pisar el barro de los barrios abandonados.
La intimación judicial de Villa Castells no es un capricho de vecinos neuróticos. Es la constatación de que la gestión municipal funciona como un reloj sin agujas: da la hora de vez en cuando, pero nunca cuando se la necesita. Tres años de Alak al frente de La Plata alcanzaron para que los vecinos comprueben que las promesas de campaña tienen fecha de vencimiento y que, una vez que el voto está en la urna, la memoria del intendente se vuelve tan selectiva como la de un político en campaña. Todo es "gestión heredada" o "problemas estructurales" o "falta de acompañamiento de Nación". Pero cuando el patrullero retrocede y el barrio se pudre, las excusas suenan tan vacías como el discurso de un vendedor de autos usados.
Y mientras la ciudad se desangra en inseguridad y abandono, los pasillos del peronismo ya empiezan a murmurar el nombre de Alak como posible candidato a gobernador. Esa es la ironía más gruesa de todo este circo: un tipo que no puede garantizar que un patrullero se quede en un tiroteo, ni que un barrio tenga las obras más elementales, ya está siendo ungido como el futuro salvador de la provincia. Como si gobernar Buenos Aires fuera más fácil que gobernar La Plata. Como si los problemas de inseguridad, infraestructura y abandono que aquejan a la capital provincial fueran una especie de ensayo general para la complejidad de la provincia. Pero el ensayo, hasta ahora, es un desastre. Y el público, que son los platenses, ya empezó a silbar.
Lo más desolador de todo es que los vecinos ya no esperan soluciones mágicas. Saben que el patrullero que huyó no va a volver. Saben que las obras prometidas quizás lleguen cuando ya no haya vecinos que las reclamen. Lo único que piden, en el fondo, es que Alak deje de mirar el horizonte de la gobernación y baje la vista al suelo de su propia ciudad. Porque la política también es eso: saber que no se puede aspirar a más poder si no se es capaz de resolver el quilombo que ya se tiene enfrente. Y en La Plata, el quilombo es grande, es evidente y está filmado. No hay relato que lo disimule.
