El PRO se volvió inquisidor
Jorge Macri declara la guerra a los curas que dan de comer a los que su gobierno dejó en la calle
CABA ahora apunta a las iglesias que asisten a los más vulnerables, mientras la pobreza en la Ciudad crece sin freno y el discurso de la seguridad se vuelve un acto de fe.
29 de Junio de 2026
El jefe de gobierno porteño encontró un nuevo enemigo: las manos tendidas. Jorge Macri, en una decisión que sorprende por lo obtusa, lanza su artillería contra las iglesias y organizaciones religiosas que asisten a personas en situación de calle. No contra la pobreza que generan sus políticas, no contra el déficit habitacional que explota bajo su gestión, sino contra el gesto solidario que expone, con cruda evidencia, lo que su gobierno no quiere ver.
Jorge Macri ahora también va contra las iglesias que acompañan a personas en situación de calle.
— Mariana Gonzalez (@mgonzalezPG) June 29, 2026
En vez de atacar la solidaridad, hacete cargo de la pobreza que genera tu gobierno. pic.twitter.com/J5bTKQJwYB
Mientras los porteños atraviesan un invierno que hiela hasta los huesos y las filas de los comedores comunitarios se alargan como las sombras del atardecer, Macri prefiere mirar hacia otro lado y disparar contra quien da de comer. La lógica es simple y perversa: si no hay iglesias asistiendo a los indigentes, entonces no hay indigentes. Una ecuación matemática que solo funciona en la mente de un político que confunde la realidad con un comunicado de prensa.
La gestión de la Ciudad parece haber encontrado su nueva obsesión: perseguir al prójimo en lugar de perseguir soluciones. Resulta paradójico que un funcionario que llegó al poder pregonando eficiencia termine gastando recursos en fiscalizar a quienes cumplen con el mandato bíblico de dar de comer al hambriento y vestir al desnudo. Tal vez, piensa Macri, si se desmantelan todas las redes de contención, la pobreza desaparecerá por arte de magia, como si fuera un problema de percepción y no de políticas públicas.
El problema de fondo, ese que incomoda y que ningún vocero quiere mencionar en las conferencias de prensa, es que la Ciudad de Buenos Aires se convirtió en un espejo deformado de lo que fue el sueño PRO. Los números no mienten, aunque el gobierno intente maquillarlos con estadísticas dudosas: la pobreza en la capital trepa, los salarios pierden contra la inflación y el acceso a la vivienda se vuelve una quimera para miles de familias. Pero claro, es más sencillo demonizar al cura de barrio que hacerse cargo de la realidad que se cocina a fuego lento en las villas y en los inquietantes silencios de los barrios del sur.
Macri, con su cruzada clerical, parece olvidar que las iglesias no son el problema sino el síntoma de una ausencia. Son el parche de un Estado que se retira, que delega en la caridad lo que debiera ser un derecho. Pero criticar a quien asiste es más rentable políticamente que anunciar un plan de viviendas o un aumento real del presupuesto social. El discurso de la seguridad ahora se tiñe de púlpito y el gobierno porteño se disfraza de inquisidor, persiguiendo a quienes, paradójicamente, alivian la presión sobre un sistema de salud y asistencia que cruje por todos lados.
La jugada es vieja, pero no por eso menos burda. Desviar la atención, buscar un chivo expiatorio, construir un enemigo moral cuando los problemas reales acechan en cada esquina. Jorge Macri, al atacar a las iglesias que acompañan a los más desprotegidos, no hace más que confirmar que su gobierno carece de respuestas y se refugia en la guerra cultural como cortina de humo. Mientras tanto, la Ciudad sigue su curso, con sus contrastes cada vez más violentos y una clase política que parece habitar un mundo paralelo donde la solidaridad es sospechosa y la indiferencia, ley.
