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Jueves 25 de Junio de 2026

El postergado

Mientras el PRO se desangra en la tele, Jorge Macri junta intendentes como figuritas para no quedar como el primo pobre

El jefe de Gobierno porteño confirmó su reelección el mismo día que anunció un decreto de servicio mínimo. Casualidad o cálculo: la política argentina nunca deja de ser un ring de tribuna.

23 de Junio de 2026

Jorge Macri adelantó en Infobae lo que todos los que alguna vez pisaron el conurbano ya sabían: quiere quedarse cuatro años más en la Ciudad. El anuncio no fue un acto de transparencia, sino un fogonazo defensivo en medio de un tablero donde el PRO ya no es el dueño de la sala, apenas un inquilino incómodo que mira de reojo a los libertarios mientras estos deciden si los abrazan o los pasan por arriba.

El mismo día que confirmó su aspiración, el jefe de Gobierno firmó un decreto para garantizar servicio mínimo de subtes, colectivos y recolección de residuos ante medidas de fuerza. Porque nada dice "gestión moderna" como adelantarse a los paros con un parche administrativo que suena a advertencia sindical, justo cuando la Ciudad empieza a parecerse más a un horno que a un laboratorio de políticas públicas. El decreto no es una solución, es un salvavidas de plomo que Macri exhibe mientras su primo Mauricio mira desde Miami y el PRO intenta recordar cuándo fue la última vez que ganó algo sin hacer trampa con el calendario electoral.

La jugada de Macri tiene un piso territorial que pocos en el PRO pueden exhibir. Su carrera empezó en el conurbano, donde fue el primer intendente amarillo en 2011, mucho antes de que el partido se volviera un sello de goma que hoy cualquier libertario usa para secarse el sudor después de gritar consignas anti-casta. Aún hoy, sus referentes en Vicente López, Junín y 9 de Julio no son decoración, son fichas que el primo de Mauricio mueve con la paciencia de un jugador de truco que sabe que la partida se define en los envidos, no en las florcitas. El problema es que esos territorios que construyó con sangre, sudor y lágrimas electorales, también son el reflejo de su principal debilidad: si no logra cerrar un acuerdo interno en el PRO, esos intendentes se convertirán en botines de guerra para cualquier competidor que quiera meterle un palo en la rueda.

El anuncio de Macri llegó en el momento justo, cuando Manuel Adorni, que hasta ayer parecía su principal competidor, se enreda en una causa judicial por presunto enriquecimiento ilícito. El jefe de Gabinete, que construyó su imagen a base de declaraciones tajantes y ausencias inexplicables, hoy tiene más preguntas que respuestas en su declaración jurada y los sectores más incómodos de la política ya le piden la renuncia como quien pide que bajen el volumen de la tele. Macri no es tonto: mientras Adorni se defiende en los tribunales, él se defiende con intendentes y decretos, sabiendo que en la política argentina la oportunidad no se llama, se golpea la puerta con el puño cerrado.

Lo que el jefe de Gobierno porteño no puede ocultar es la grieta interna que abre su postulación. El PRO bonaerense, con Cristian Ritondo a la cabeza, ya avisó que quiere ir en unidad con los libertarios, mientras Macri juega a la independencia con una boleta que todavía no sabe si va a tener foto propia o va a compartir cartel con alguien que le cague el relato. La frase de un dirigente con base en el conurbano resume el clima: "Falta mucho. Entiendo que Jorge intente capitalizar un momento que le sirve, pero hay que sentarse y pensar qué es lo mejor". 

Macri tiene dos bancas en cada cámara de la Legislatura bonaerense, pero el poder territorial que construyó en la provincia, que hoy parece su principal activo, también es su talón de Aquiles. Si el PRO decide sentarse a negociar con LLA, esos territorios pueden dejar de ser su fortaleza para convertirse en el escenario donde otros jueguen a desarmarle el tablero. Y mientras tanto, en la Ciudad, los porteños miran el decreto de servicio mínimo como quien ve un parche en una manguera que ya tiene varios agujeros: no es que no funcione, es que saben que eventualmente va a reventar.

El primo de Mauricio Macri quiere demostrar que no es un heredero sino un constructor, pero su carrera tiene más de ingeniería política que de gestión transformadora. Mientras promete cuatro años más para consolidar la movilidad sustentable y los subtes eléctricos, la Ciudad sigue siendo el escenario donde cada decisión se mide en votos y cada decreto parece pensado más para la tribuna que para el ciudadano que espera el colectivo bajo la lluvia sin saber si va a llegar. La reelección de Macri no es una ambición, es una necesidad: si no se queda, el PRO pierde su último bastión en un país donde el amarillo ya no asusta ni en los barrios cerrados.

Los intendentes de Vicente López, Junín y 9 de Julio no son solo aliados, son la prueba viva de que Macri entiende el territorio como nadie en su partido. Pero en la política argentina, el territorio es un arma de doble filo: si no lo cuidás, te corta. Y Macri, que sabe de eso mejor que nadie, acaba de poner todas sus fichas en una mesa donde los libertarios ya están barajando sus propias cartas. La pregunta no es si va a lograr la reelección, sino si el PRO va a seguir existiendo después de que él la obtenga. O si, como todo en este país, el partido amarillo terminará siendo un recuerdo de época, como los videoclubes o las promesas de estabilidad.

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