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Lunes 9 de Febrero de 2026

Cultura forzada

Cine obligatorio, descanso opcional en la ciudad de Jorge Macri

Una pantalla oficial encendida las 24 horas frente a viviendas particulares expone el costado menos glamoroso de la política cultural porteña: cuando la agenda no apaga nunca, el descanso desaparece.

9 de Febrero de 2026

La avenida Corrientes es una arteria central de CABA. Nadie discute su identidad cultural, su movimiento constante ni su ADN nocturno. El problema empieza cuando ese “24 horas” deja de ser una metáfora urbana y se vuelve literal, trasladado sin filtro a la puerta de una casa, con una pantalla oficial encendida de manera permanente.

La queja de una vecina lo puso en palabras simples y sin épica: ruido alto, proyecciones hasta la madrugada y todos los sábados la misma historia. No habló de censura ni de anti-cultura. Habló de algo más básico: vivir. Dormir. Abrir la ventana sin que el Estado te proyecte una película encima.

La pantalla rotulada como “Programación Corrientes 24 hs”, instalada por el Gobierno de la Ciudad, no falla por su contenido sino por su lógica de funcionamiento. No es un evento puntual. No es una actividad excepcional. Es un dispositivo encendido todo el día, todos los días, como si el espacio público no tuviera vecinos alrededor ni horarios que respetar.

Bajo la gestión de Jorge Macri, la cultura aparece otra vez diseñada desde la idea y no desde el impacto real. Porque no hay que hacer demasiada sociología urbana para entender que si molesta a una vecina, no debe ser la única. Las pantallas no insonorizan. El ruido no se queda quieto. Y el cansancio, tampoco.

La contradicción es evidente: el mismo Estado que regula decibeles, horarios y habilitaciones para privados, se concede a sí mismo una excepción permanente. Corrientes puede ser 24 horas. Un barrio residencial, no. Y cuando esa diferencia se borra, lo que queda no es cultura sino descuido.

 

La discusión de fondo no es Corrientes, ni el cine, ni la cartelera. Es el automatismo. La política pública que se enciende y no se apaga. La idea de que más horas siempre es mejor, aunque sea a costa del descanso ajeno. En esa lógica, el problema no es la pantalla. Es quién decide y quién paga el ruido.

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