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Jorge Macri habla de combatir el delito, pero denuncian un despliegue desproporcionado para identificar a dos jóvenes

Según el relato difundido, dos chicos que salían de un supermercado con una lata de cerveza cada uno fueron rodeados por numerosos efectivos para un control de identidad. Una mujer enfrentó a los agentes y cuestionó el despliegue.

31 de Agosto de 2026

El jueves a la noche, dos jóvenes salieron del supermercado Día en el Conurbano con una lata de cerveza cada uno en la mano. No llevaban armas, no amenazaban a nadie, no alteraban el orden público. Su único delito fue caminar por la vereda con el color de piel equivocado.

En menos de cinco minutos, se montó un operativo policial que cualquier comisaría del conurbano profundo envidiaría: más de quince efectivos y cuatro patrulleros rodeando la escena como si se tratara de la fuga de un jefe narco.

La policía de Jorge Macri, con la misma sutileza que un martillo hidráulico, decidió que esos dos pibes merecían un control de identidad exprés. El criterio, evidentemente, no fue el código penal sino el manual de eugenesia escrito por los viejos próceres de la oligarquía.

Los chicos, parados contra la pared, fueron exhibidos como trofeos de guerra en plena calle. Todo por dos latas de cerveza que, dicho sea de paso, habían pagado.

Pero la escena tenía un testigo inesperado. Una mujer, vecina de la zona, se plantó frente al operativo y les cantó las cuarenta a los uniformados.

Con voz firme y sin titubear, les preguntó si no tenían nada mejor que hacer que hostigar pibes mientras los chorros de verdad se llevan todo lo que encuentran. Los policías, sin argumentos y con la incomodidad pintada en la cara, tuvieron que soltar a los jóvenes.

El episodio, que debería ser una anécdota absurda, se convierte en una radiografía perfecta del gobierno de Jorge Macri: mucho show de fuerza, cero efectividad en lo que importa, y un olfato discriminatorio que parece heredado de las peores épocas de la doctrina de seguridad republicana.

Mientras el jefe de gobierno porteño se llena la boca hablando de "seguridad ciudadana", sus patrulleros persiguen latitas de cerveza como si fueran granadas de guerra.

En el Conurbano, que no es parte de su jurisdicción, pero donde su apellido sigue siendo sinónimo de privilegio, el mensaje es claro: el orden público se mide por el tono de piel y el bolsillo, no por la ley.

La vecina, con sus ovarios bien puestos, hizo lo que ningún funcionario macrista se anima: poner a los policías en su lugar.

Una lástima que para eso haya que recurrir al coraje ciudadano, porque los cuadros de la gestión PRO hace rato que perdieron el norte, y andan más perdidos que turista en la villa 31 sin celular.

 

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